Mi paso por el Colegio de Abogados de Sevilla

Para mis sobrinos Javier y Joaquín Aguilar Cazorla, quienes siguiendo la tradición familiar, persisten en el “tajo”.

Soy sevillano, nacido en 1924. Estudié Derecho en la Universidad de Sevilla, en su antigua casa, de grata memoria, situada en la calle Laraña. Me dí de alta en el Colegio el 21 de Noviembre de 1947. Juraron conmigo en aquella fecha, entre otros, mi cuñado, Rafael Aguilar Miguel, y mis buenos amigos José Manuel Jiménez Hoyuela, que llegó a ser Letrado Jefe del Ayuntamiento de Sevilla, y Teodoro Carballo Ocaña, más tarde jefe asesor de la desaparecida Cámara de la Propiedad Urbana. Debo adelantar aquí que todos, absolutamente todos los compañeros y otros no abogados que aquí cito han fallecido. En realidad del curso de Derecho que terminamos la carrera, en 1947, solo sobreviven José del Río Jiménez, Alfonso Polo Campos y Aníbal Ollero Sierra.

Al tiempo de mi jura la corporación tenía sólo 244 colegiados, así que más o menos nos conocíamos todos. No había ni una sola mujer. Sevilla no pasaba entonces de los cuatrocientos mil habitantes y la clase media vivía en el casco histórico Así es que, exagerando un poco, también nos conocíamos todos.

Mi paso por el Colegio fueron años felices, como lo fue para la gente joven de la burguesía. Uno lee y escucha hoy versiones de años siniestros, de una España sumida en la tristeza de una cruel dictadura. Por supuesto, los que asi pontifican y los que así creen, no vivieron aquellos tiempos y no saben de la misa la mitad. Por el contrario, habia alegría, alegría de vivir.

El mismo clima se percibía en el Colegio. Los miembros del mismo se desentendían de la política y se afanaban en sus trabajos y en sus familias y les sobraba tiempo para divertirse, a menudo a costa de los compañeros. Fué Decano, durante muchos años Joaquín González Santos, que gobernaba la corporación sin problemas en cuanto el régimen no permitía política interna. Pero nadie (que yo sepa) protestaba. Las disensiones surgieron más tarde, cuando yo ya habia salido de España.

Habia poco trabajo. España era entonces fundamentalmente un país agrícola, (el primer coche, fabricado después de la guerra, un SEAT, salió de su factoría de Barcelona en 1952).La escasa industria estaba concentrada en el norte. No existían especialidades. Los abogados (excepto los de ¨campanillas”) llevaban asuntos (entonces no se llamaban ¨casos¨) tanto civiles como penales aunque ningún colegiado podía vivir como penalista puesto que la delincuencia no era, ni con mucho, lo que ha llegado a ser hoy. Había un turno de oficio (gratis), para los indigentes del que nadie (excepto el Decano) se libraba, si bien los abogados con pasantes pasaban a los mismos esta tarea. En mi últimos años de colegiación un letrado madrileño procedente de la carrera judicial (de la que se rumoreaba habia sido expulsado) nos contactó para que le pasáramos los asuntos del turno de oficio. Muchos, yo incluido, aceptamos encantados. Algunos de los defendidos, agradecidos, le daban algún dinero y asi se mantenía el hombre.

Yo, de familia acomodada y soltero, vivía con mis padres y carecía de problemas económicos. Tuve de maestro a un íntimo amigo de mi padre, Antonio Moreno Sevillano, quien habia sido presidente del Betis Balompié (entonces no era Real) en la temporada histórica, 1934-35, en la que fue campeón de Liga. Con él trabajé de pasante durante siete años. Fueron compañeros míos en aquel bufete dos abogados que luego conquistarían la cima de la profesión: Juan Moya García y Bernardo José Botello.

Don Antonio, además de excelente abogado era un padrazo para nosotros. Por las mañanas hacia las once íbamos al bufete a recoger papeles camino de los Juzgados. Pero por las tardes Rafael Muñoz Pérez, que duplicaba como Oficial Mayor del Colegio por la mañana y mecanógrafo por la tarde, y algunos de los compañeros, nos tomábamos un ¨coffee break¨, oficialmente de 15 minutos. Tomábamos el café en el bar de san Lorenzo, que creo aún existe, en la plaza del mismo nombre. Pero los 15 minutos se convertían en 45. Nos jugábamos el café a las cartas o al dominó. Algunas veces Don Antonio nos pasaba recado conminándonos a yugular la partida.

Habia entonces en Sevilla abogados de gran prestigio. Prominentes eran Adolfo Cuéllar Rodríguez, José María Domenech Romero, Ramón Sánchez Pizjuán, Carlos Rubio, Manuel Lobo y López, entre otros.

El Colegio estaba situado en la segunda planta del bellísimo edificio de la Audiencia, en la Plaza de San Francisco, hoy una Caja de Ahorros. Constaba de una sola habitación. En la planta baja de la Audiencia estaban las secretarías de salas, una de las salas de lo criminal de la Audiencia Provincial y la sala de togas. La sala de togas estaba regentada por José Villegas, oficialmente el conserje de la Audiencia, con quien me llevaba muy bien. Los abogados “ricos” llegaban para informar con su propia toga en una bolsa de terciopelo y se la ponían en la dicha sala de togas. ¡Los otros, como yo, vestíamos las que estaban disponibles para los colegiados. Los días en que informaba le pedía a Villegas que me diera una en buen estado pues habia algunas que daba pena verlas. Villegas me daba una casi nueva y yo le daba un durito.

Pasé años muy felices informando, casi siempre, en las salas de lo civil .En las salas de lo civil, que estaban en la segunda planta del edificio, como también en las de lo criminal tuve, como todos, algunos triunfos y algunos fracasos. Entre estos, hubo uno, que después de tantos años aun enrojezco cuando me viene a la memoria. En la Audiencia no habia cafetería. Antes o después de informar tomábamos café en el Bar Laredo y en Los Corales, que creo aun existen. En el último era corriente ver sentado, solo o acompañado a la mítica figura del torero Juan Belmonte.

Por la mañana íbamos a los Juzgados, en la calle Almirante. En los Juzgados reinaba la mugre. En la planta baja estaban los cinco Juzgados municipales, sus secretarías y el Registro Civil. La fauna judicial, entre la municipal, incluía un Juez a quien llamábamos “mil rayas” por los innumerables palotes de su firma. Otro, un verdadero esperpento, presumía de incorrupto. Estaba soltero y antes de llegar a Sevilla habia ejercido como tal juez municipal en un pueblecillo donde en vez de alojarse en la fonda (según se decía, para no verse obligado a aceptar favores) dormía en la mesa judicial. Habia otro que fue desterrado a un pueblucho por haberse atrevido a fallar en un juicio de desahucio contra la propietaria, quien resultó ser la mujer de nada menos que …¡¡¡.el ministro de Justicia!!!.

En la segunda planta estaban los cinco Juzgados de Primera Instancia en Instrucción, con sus secretarías. Los aranceles judiciales eran un caos. A pesar de que se publicaban o sea, que no eran secretos, ningún secretario se atenía a los mismos. El único que se salvaba era Lorenzo Polaina Ortega, un profesional no solo competente sino honrado a carta cabal. Por cierto que era natural de Cazorla (Jaén). De él tengo yo unas sabrosas “Anécdotas Cazorleñas”. Habia entre los secretarios uno que robaba a mansalva y a pesar de las protestas de los procuradores vivía descaradamente en la opulencia.

Los Jueces de Primera Instancia e Instrucción vivían y trabajaban en total anonimato. Se encerraban en su despachos y permanecían “ajenos al mundanal ruido”. Ese espectáculo tan bochornoso y que no comprendo cómo lo permiten las autoridades de jueces dialogando con periodistas en plena calle sobre la marcha de los asuntos, no existía.

Dos o tres años antes de ausentarme yo de España mi buen amigo José (“Pepín”) A. Moreno Suárez, que años más tarde llegaría a ser Decano del Colegio, y yo montamos un despacho en Los Palacios (Sevilla) a dónde alternábamos los jueves por la tarde en autobús, por supuesto, pues el 90 por ciento de la población carecía de coche. Pronto nos salieron imitadores. Mi antiguo compañero en el bufete de Moreno Sevillano, Bernardo José Botello y Ramón Cisneros Palacios, que más tarde llegaría también a brillar en el foro sevillano, abrieron otro despacho en Utrera (Sevilla).

El sistema impositivo en España por aquellas calendas era primitivo e ineficiente con el resultado que pocos eran los que tributaban. Las profesiones liberales operaban a base de un grupo de colegiados (llamados “síndicos”) que a ojo de buen cubero adivinaban los ingresos de cada uno en una escala de menos a más. Un año el grupo de síndicos en el Colegio iba ubicando cada colegiado en el peldaño tributario de la escala que creían le correspondía siguiendo la lista que el Colegio publicaba anualmente. Cuando le llegó el turno a un letrado que voceaba los cientos de miles de pesetas que ganaba el jefe entre los síndicos exclamó: “A este, por bocazas, a la “una”, o sea a la categoría máxima.

En el patio de aquella inolvidable Audiencia pasábamos muy buenos ratos. Una mañana llegó para informar un colegiado que siempre aparecía de punta en blanco, siempre con una flor en el ojal. Se rumoreaba que no le pagaba a nadie. Se pavoneó ante un grupo en el que me encontraba yo y nos dijo: ¿”Qué os parece mi nuevo traje”? A lo que Carlos (“Carlitos”) García Fernández, eterno pasante con Adolfo Cuéllar Rodríguez, zumbón, le espetó “¿A que sastre le es debido?”

Había entonces una etiqueta profesional que dudo continúe en estas fechas. Una de ellas era que si dos colegiados debían reunirse para hablar acerca de un asunto el colegiado más joven tenía que desplazarse al bufete del mas antiguo en el escalafón. Entonces los abogados casi siempre vivían en la misma casa (o piso) donde tenían el bufete. Los letrados prósperos tenían el despacho en la planta baja de su casa, muchas de ellas con el clásico patio sevillano adornado con tiestos de flores o plantas. Recuerdo el hermoso patio de la casa de Antonio Filpo Muñoz, en la calle Aguilas, abogado del famoso torero Joselito “el Gallo”. Lucía en una de las paredes del patio la enorme y fiera cabeza de un toro que Joselito habia brindado a Don Antonio en una tarde triunfal.

Había, en general, mucha cordialidad entre los compañeros incluso cuando se encontraban enfrentados en un asunto. Recuerdo un viaje en tren que hicimos Juan Manuel Aguilar y Lobo y yo, que defendíamos a propietario y arrendatario en un juicio de desahucio rústico. Yo representaba al propietario. Lo pasamos muy bien en aquel breve viaje. Al llegar a la estación Jose Manuel me dijo: “Mira, Eugenio, apéate tu antes porque mi cliente me está esperando y si nos ve salir juntos podemos tener un problema”. Entre las excepciones habia otro colegiado que cuando se refería a un compañero siempre lo hacía mencionando el apellido de su madre. Un dia la pregunte por qué. Me contesto: “por no mentarle al padre”. El “huérfano de padre” en cuestión era un hombre difícil, hosco, de pocos amigos.

En 1952 me cayó una partición que me dejo cincuenta mil duros (250,000 pesetas) en honorarios, una pequeña fortuna para aquellos tiempos. Me creí (iluso) que ya me lo sabía todo y me independicé.

En 1958 la Southwestern Legal Foundation me concedió una beca de graduado (“fellowship”) para hacer estudios de derecho comparado en la Southern Methodist University (SMU), en Dallas (Texas), donde continuo viviendo y trabajando. Después de ganar un Master mi mujer y yo decidimos quedarnos aquí. Como no sabía hacer nada sino abogar me hice de nuevo abogado en este país donde llevo ya ejerciendo cincuenta años.

De aquí tengo también muchas vivencias dignas de contar. Pero nada como aquellos felices diez años que ejercí en Sevilla y fuí miembro de su Colegio de Abogados.

Eugenio Cazorla Bermúdez

Author: Eugenio Cazorla Bermúdez

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