Va de contratos

De cuando en vez, algún compañero -el Cielo le tenga reservada recompensa- me hace la caridad de llamarme para darme recado de algún sucedido que, por su fondo jocoso, pueda engrosar el catálogo de mi colección de anécdotas referidas a nuestra profesión.

Tal acaeció recientemente. Un colega y querido amigo me puso al corriente de lo ocurrido a un su cliente que, en trance de procurarse vivienda, resolvió el problema mediante el arrendamiento de un piso bien situado y con suficiente capacidad para satisfacer sus crecientes necesidades familiares.

Era este piso propiedad de una señora que aún podía considerarse joven, aventajada de estatura, de blonda melena, ojos muy expresivos y dulce trato. Su nombre, Soledad Pérez Magrina.

Suscribieron las partes el oportuno contrato de arrendamiento, en el que, junto a la renta y a la duración, se pactaron las condiciones usuales, entre ellas una también habitual, que era de este tenor «El arrendatario hará efectiva la renta convenida dentro de los cinco primeros días de cada mes, mediante ingreso en la cuenta corriente número tal, en el Banco tal».

Llegado que fue el momento de abonar la primera mensualidad, el arrendatario se personó en el Banco indicado en el contrato, presto a cumplir su obligación de pagar religiosamente la renta. Mas he aquí que el cajero, fijando su mirada en la pantalla del ordenador, le hizo saber:

— Esa cuenta no pertenece a doña Soledad Pérez Magrina, sino a don Pablo Pérez Magrina. Seguramente será un hermano de esa señora.

Ante aquella contingencia, el arrendatario desistió de llevar a cabo el ingreso hasta no aclarar la cuestión con la interesada. A tal fin, la visitó, exponiéndole lo ocurrido en el Banco.

— Supongo que don Pablo Pérez Magrina será un hermano suyo, en cuya cuenta usted desea que ingrese la renta, pero le agradeceré que me confirme si es así.

— No, Pablo Pérez Magrina no es un hermano mío; Pablo Pérez Magrina soy yo, que antes de convertirme en transexual era un caballero…

Aunque, hablando de contratos, desternillante es el que se encuentra archivado en el despacho de un ilustre compañero, desgraciadamente desaparecido, del que me ha facilitado copia uno de sus sucesores. Es un contrato de compraventa, impreso, en el que, entre otras no menos eutrapélicas, figuran cláusulas de este tenor: «Hasta la total extensión del precio, el vendedor conserva la propiedad de las mercancías…» «La insatisfacción de cualquier plazo vencido dará opción al vendedor a incautarse de las mercancías sin necesidad de intervención judicial…» «El lugar de incumplimiento de las obligaciones del presente contrato es la villa de Almonte, renunciando los contratantes al futuro propio».

Otrosí: Todavía me salta a la memoria un tema contractual más. Lo conocí en todos sus detalles por tratarse de un pleito que tramitó un compañero muy cercano, cuya ausencia definitiva aún hiere mi corazón. Este insólito caso lo tengo relatado en uno de mis libros, pero ello, creo, no empece para que lo resuma en esta página. Se trató de un procedimiento que versaba sobre la resolución de un contrato de compraventa, basado en ese precepto del Código Civil según el cual el vendedor está obligado al saneamiento por defectos ocultos de la cosa vendida.

Un cliente del querido colega se dedicaba a la cría de ganado vacuno con destino a las carnicerías. Acudió a una renombrada feria ganadera con el propósito de comprar un toro semental que le garantizara una reproducción abundante y saludable. Y, efectivamente, adquirió un hermoso ejemplar, que causó la admiración de cuantos lo contemplaron.

Llegado el tiempo en que el celo haría más provechosa la cubrición, el buen señor procuró a aquel toro tan galán la compañía de una vaca que, desde el punto de vista del toro, había de tenerse por hembra apetitosa, dad su gentil estampa, sus finos cabos, su simétrica cuerna, su vistosa capa berrenda… Mas aquel animal debía ser muy exigente en materia amorosa, porque trató a la novia que le habían buscado con evidente desdén, apartándose de ella con un apresurado trotecillo.

Caviló el ganadero que acaso toro tan importante necesitara para su satisfacción todo un harén, por lo que le proporcionó una discreta piara de las vacas más lustrosas y atractivas que pastaban en sus campos. Entonces el galán huyó despavorido.

Como una terrible sospecha encontrara acomodo en la cabeza de aquel hombre, para disiparla o confirmarla discurrió dejar al semental con la sola presencia de otro macho, de buenas hechuras él. Ciertos eran sus temores. El toro se acercó a su congénere del mismo sexo, y le pasó por el lomo su babeante hocico, al tiempo que dejaba oír unos tiernos mugiditos.

¡Era un toro gay!

Author: Juan Camuñez Ruiz

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