Una página menos

En la primavera de 1976, celebré mi primer juicio penal, siendo juez debutante en el partido judicial de Marchena. Se trataba de unas Diligencias Preparatorias consecuentes a un accidente de circulación. Mi entrañable Manuel Campo ocupaba el lugar reservado al Ministerio Fiscal, al que acompañaba como acusador particular Don Francisco Vázquez Trigo y como abogado defensor Don Juan Camúñez Ruiz. Confieso que estaba aterrado; era mi primer acto revestido de la toga, que se me antojaba un ropón litúrgico en lo que tiene de exponente de poder. Llevaba un guión con la secuencia del acto, me horrorizaba equivocarme y no conocía a los letrados que venían de Sevilla y que -suponía- “se las sabrían todas”.

Nada más lejos de la realidad. Me encontré con unos colaboradores amables, Don Francisco y Don Juan, unos verdaderos caballeros del foro, de los que acabé aprendiendo siempre y cuya amistad conservé hasta que Dios me lo permitió. A Manolo, mi querido Manolo Campo, lo veo con escasa frecuencia con su mascota calada y sus cuitas sobre el destrozo axiológico que España sufre.

Recientemente, la despedida de Don Juan en La Toga nos hizo confirmar el temor de una vida precipitada a su destino, despaciosamente a hacia ese fin que es comienzo, hacia la plenitud de esa pradera en que sólo imperan la bondad y la gloria de Dios.

Aún así recibí un mazazo cruel, desgarrador cuando supe de su fallecimiento, como me ocurriera con Don Francisco y con mis irrepetibles amigos Manolo Muñoz Filpo o Antonio Mates, entre tantos. No podré olvidar nunca aquella presentación de un libro de anécdotas de Don Juan que hicimos, tanto tiempo ya, en el Ateneo Popular, en un acto en que el público participó plenamente y en el que Manolo relató una vez más la anécdota sensacional y disparatada de su juicio en Lora levemente indispuesto.

Eran otros tiempos, donde en los juzgados, un manejable ecosistema entonces en que todos nos conocíamos, tenían un diario protagonismo los abogados que dedicaban sus afanes más principales a los accidentes de tráfico, entre los que siempre se encontraron mis queridos Manolo Toro, Julián Vélez, Jaime Fonbuena, Rafael Martínez Ruiz, Lito González Ibáñez, la saga de los Moreno Sevillano, Vicente Filpo y tantísimos otros. Recuerdo que constituyeron una asociación espuria, llamada Coco o algo así y nos reuníamos a comer con irregular periodicidad en reuniones interminables, sin respeto al horario ni a las costumbres, como dice Serrat de los niños, y donde se cimentaron amistades enriquecedoras y perdurables.

No me resisto a relatarles una anécdota de las incontables que atesoro de aquella época. Era el tiempo en que se dejó de lado la corbata negra y la camisa blanca en los juicios. Rafaelito concurría con una camisa de estridente amarillo, reflectante casi y, eso sí, corbata negra a juego con la toga del Colegio. Al terminar la vista le dije que en lo sucesivo no le mostraría inconveniente alguno a que concurriera más orgánicamente vestido. Solicitó la venia Julián, que era abogado contrario, y con esa cadenciosa vocecita, mitad trianera mitad montañesa, que parecía no querer molestar, no rozar un varal, dijo: “Señoría, disculpe al compañero, pero es que es de la Mutua del taxi” ¿Se acuerdan de aquellos taxis? Mi querido Luis Portillo recuerda la anécdota con frecuencia.

Don Juan era un tímido irredento. Dotado de unas dotes de observación casi cinematográficas, poseedor de una sensibilidad fuera de lo común y un sentido del humor de una finura innata, su pluma nos llevó durante mucho tiempo en la última página de La Toga a cerrar la jornada con una sonrisa amable, que no pagaremos nunca.

Coincidí con él en nuestras correrías por la campiña sevillana, Marchena, Morón, su Osuna querida, siempre respetuoso, afectuoso, educado. Su amistad era ciertamente una riqueza creciente para quienes le teníamos cerca. Desde su casa en la calle Arjona, caminaba los días feriados despacioso, ausente, como un paseante diletante a la Maestranza, a la que accedía respetuoso como si de la Catedral se tratara. No hablaba casi, ni pedía la oreja ni desaprobaba a nadie. Pero cuando nuestro Curro estaba cumbre, ambos esperábamos a vernos al día siguiente para referirnos los detalles, un mutuo e imposible aliento de rememorar la emoción que ningún torero fue capaz de transmitirnos de esa manera.

Lo echaré de menos siempre. Añoraré su discreción, su saber estar, su exquisitez, su excelente educación, su dimensión de jurista sin aspavientos y su bondad, a la que nunca conocí fisura alguna. Nunca nos tuteamos, nunca nos apeamos de la corbata ni de tantos detalle inmateriales de eso que llamamos elegancia espiritual, caballerosidad, sevillanía. Será siempre para quienes le conocimos un ejemplo inmarchitable y nos alimentaremos del recuerdo de su señorío y su bonhomía. Poca gente como él amó tanto a la Justicia.

Y ahora que lo pienso, querido Decano, acaso no sea improcedente organizar una necrológica a personajes como él. Recuerdo su librito “De Osuna a la luna” y me gustaría poder cambiarle el nombre por otro más ajustado al premio que tendrá. “De Osuna al Cielo”. Allí estará sin duda en la tertulia de los que se fueron del Coco. Que Dios lo tenga en su gloria.

Author: Antonio Moreno Andrade

Compartir esta Publicación en

Enviar Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *