Ulises

Ulises nunca regresará a Itaca. Porque ¿quién es Ulises? ¿El joven que partió hace veinte años o el guerrero que pisa con desconfianza la playa y ni la reconoce? Míralo, un veterano curtido en ardides que se ha hecho llamar Nadie, que ha sido amante de Circe, que cegó a Polifemo, que ha oído a las sirenas y ha izado caballos de madera como tributo a dioses sin misericordia. Alguien que compartió mesa con Ayax, Agamenón y Aquiles. Que pudo admirar la belleza de Helena, la nobleza de Héctor, que compadeció las lágrimas del canoso Príamo y toleró la simpatía de Paris. Soldado que ha visto morir bajo el sol a tantos compañeros, una voz sensata en asambleas de reyes, ásperas como el hierro. El hombre que hoy pone sus pies en la fresca orilla de Itaca es un aventurero macerado por un océano cruel como el destino. Al cabo de aprender tantas astucias y artes, de cerrar tantas cicatrices, el cénit de su vida lo ha consumido en Troya y en su viaje, es imposible que el Tiempo le haya permitido ser el mismo muchacho que saltó a las naves con sus camaradas de juegos para surcar el azul Egeo, una clara mañana de besos y adioses.

Penélope ya no es Penélope. Es una madre que ha criado sola al cachorro Telémaco, el impaciente muchacho que también ha partido al este, como su padre. Que ha sostenido sola la corte y el palacio; obligada a recibir a mercaderes y aristócratas vecinos que se pavonean como dueños de la isla ante su desvalimiento. Ella ha convertido su propio secuestro en una protocolaria recepción de aspirantes al trono. Penélope ha gastado sus mejores horas ante la rueca y el bordado, como una viuda. Igual que la maldición del titán Prometeo, se ve obligada a repetir sin fin la misma ceremonia del hilado y deshilado, a no poder dar un sí ni un no, a mirar el horizonte hasta no ver en él sino una mancha del mundo en lugar de una puerta a la esperanza. Los tejidos se han convertido en escudos, la música en mitigadora de ansias hostiles, la poesía en recuerdo del héroe que la abandonó. Alguna vez esos lujos fueron deleites de su juventud, cuando amaba y era amada por un esposo al que no ha vuelto a ver. Sin embargo espera, espera porque la vida es eso, una espera de algo que no queremos que suceda o algo que deseamos.

Itaca ya no es Itaca. Se ha reducido. Partieron sus guerreros y con ellos se alejó la gloria y el orgullo viril de la isla. Los vientos contrarios sacuden sin fin el vasto mar de hierba de sus colinas y silban y se atropellan en los templos apagados donde no hay ofrendas. Las cosechas se desatienden cuando desembarcan los invasores, convertidos por la diplomacia de Penélope en huéspedes, el trabajo se vuelve esclavitud si su fruto ha de alimentar al enemigo. Las estaciones no traerán vendimias ni ofrendas a la fertilidad, los esponsales no se celebrarán en una corte gris que limita su acción a un interregno de ceniza. El pueblo está desvalido igual que su reina, mira al mar como un camino de enemigos, al cielo como un oráculo de desdichas. Da igual arar la playa o disfrazarse de mendigo en esta isla abandonada.

El aventurero que ahora llega es despiadado y temerario. Sus brazos aún tersarán el arco juvenil, sembrará de muerte el palacio, no cejará hasta exterminar a los comensales a los que agasaja una reina cautiva. Ha venido a restablecer su poder, la legitimidad de su rango. El propietario toma posesión de lo suyo por la fuerza. Penélope ha reconocido algunos rasgos de su antiguo esposo, pero ahora son dos desconocidos, dos figuras que apenas saben la una de la otra. No buscarán sino guiños del pasado para acercarse, simularán que no ha ocurrido por ellos la vida, que no son lo que de verdad son. El hijo es un intruso, la belleza se ha marchitado, los compañeros murieron o se fueron. No es regresar esto, sino pretender olvidar que existió Troya, que existió la Odisea, que el Tiempo teje y desteje mundos sin parar.

No es como si el joven rey hubiera vuelto a casa un mes después de su partida, cuando los guerreros y sus mujeres eran jóvenes, las memorias estaban frescas, el mediterráneo resplandecía de vida y no se había destruido ninguna ciudad de bien trazadas calles. Penélope aún cantaba a su bebé, las cosechas florecían, el puerto recordaba a sus marinos y, si hubiera vuelto entonces Ulises con los suyos en olor de triunfo, lo aclamarían sus felices compatriotas.

Han pasado muchos inviernos y finalmente llega a la isla a un propietario desconfiado, un rey experto en conducir hombres al peligro. Y reimplantará el linaje, el mundo civil. Los oráculos y templos elevarán sacrificios de gratitud por la restauración oficial. Pero no busquemos la calidez del retorno, porque Ulises es otro desconocido. Sólo los bardos ciegos cantarán con entusiasmo profesional el logro del monarca ausente que ha recuperado el cetro. No habrá risa ni amor, ni ese dulce alivio que hubiera sido en los inicios un simple “Hola, amigos, ya volví”.

No. El tiempo ignora la gloria del regreso.

Francisco Manuel Granado Castro

Author: Francisco Manuel Granado Castro

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