Obituario

Eugenio Alés Pérez, in memoriam

Me encomienda Cristina, mi ahijada, que para nuestra revista La Toga, escriba unas líneas en recuerdo –el mío– de Eugenio Alés, su padre. Acepto agradecido y le advierto que ni puedo, ni quiero ser objetivo: más de cincuenta años de casi diario contacto y amistad me lo impiden; no obstante ello también le dejo constancia de que seré sincero. Hace muy poco… “Un día que ambos tengamos tiempo, te llamaré para vernos, tengo en proyecto escribir momentos vividos, para lo que preciso de tu colaboración en el apartado en el que relataré nuestras vivencias comunes”. Cita ahora imposible de llevar a cabo, porque Eugenio se ha ido antes de tiempo.

Por ello quiero ahora recordar al Eugenio Alés, que conocí y traté, durante tanto tiempo, como compañero de Facultad, colega en el ejercicio de la Abogacía, y en su paso por la Política. En su vocación política, que ya apuntaba en su época de estudiante en la Facultad de Derecho, Eugenio fue pionero en la transición democrática, lo que le llevó a demostrar su buen hacer en los distintos cargos que desempeñó: Diputado en las Cortes Constituyentes Españolas y, en consecuencia, firmante de la Carta Magna en 1978; primer Consejero de Educación en la Junta Preautonómica de Plácido Fernández Viagas; Edil en la primera Corporación de la democracia, con nuestro compañero Luis Uruñuela; y Diputado Provincial con el también letrado Manuel del Valle; en todos dejó su impronta y su peculiar ejercicio de la Política.

Precoz abogado, al decir de su maestro José Antonio Moreno Suárez Decano emérito de nuestro Colegio, Eugenio se inició en el ejercicio de la abogacía en los años 1960/61, para al poco tiempo independizarse en despacho propio que instalar en los bajos de la casa paterna, en la calle Castilla de su querida Triana y posteriormente en el actual emplazamiento de Los Remedios, donde continúa el despacho su hijo Eugenio. Profundo conocedor de todas las ramas del Derecho, era experto litigante, en la defensa de los intereses que le fueran encomendados, siempre con absoluto respeto para el compañero adversario en el pleito.

De nuestros años de Facultad, iniciados en la vieja sede de calle Laraña, me vienen a la memoria las clases de Derecho Romano, bajo el severo magisterio de D. Francisco de Pelsmaeker e Ivañez –con “v”, según nos advertía–; las inolvidables lecciones del maestro de tantos juristas D. Manuel Giménez Fernández, sobre la rama del Derecho Canónico, las Instituciones del Derecho Matrimonial; el Derecho Civil con D. Alfonso de Cossío; las enseñanzas de D. Manuel Clavero Arévalo, con el que después compartiera andadura política; las agradables lecciones, por su bella exposición, de D. Ignacio María de Lojendio e Irure; tantas y tantas tardes en el desaparecido Estadio Universitario de la Macarena, en cuya inauguración ya participáramos; los Juegos Deportivos Universitarios; la práctica del Atletismo, Balonmano, Rugby, cursos de alta montaña en el Pirineo Aragonés –el Puerto de Jaca–, en fin tantos y tantos momentos vividos juntos, cuyos recuerdos ahora me salen a borbotones.

Hombre bueno, amigo de todos, casado con Maite, padre ejemplar para sus cinco hijos Eugenio Enrique, Alvaro, Cristina, Alfonso y Javier, a los que su inesperado fallecimiento ha causado hondo pesar.

Quiero cerrar esta vuela pluma recordando cómo con Eugenio Alés me ocurría lo que con muy pocos amigos, ello es que después de llevarnos algún tiempo sin vernos al reanudar la conversación lo hacíamos como si tan sólo la hubiéramos interrumpido el día anterior. Así espero volver a hacerlo en otro momento, determinando de esta forma aquella cita para colaborar con él en el capítulo de sus inacabadas memorias, que me tenía reservado, y que su muerte impidió realizar.

Gracias Cristina por la satisfacción que me has proporcionado con tu encargo. A ti Eugenio, hasta que nos veamos.

Manuel Rodríguez del Valle

Semblanza de Don Carlos Franco Bores. Colegiado durante casi 69 años

El pasado 10 de noviembre nos dejó Carlos Franco Bores, quien en ese momento, con 92 años, era el número 1 del Colegio por antigüedad, al que se incorporó en 22 de noviembre de 1935, pasando a la situación de baja el 17 de diciembre de 1951, situación en la que se mantuvo hasta su reciente fallecimiento; obsérvese que son casi 69 años colegiales, y de ellos, los últimos 53 en situación de baja, lo que por sí sólo acredita el gran cariño que siempre le tuvo a esta profesión y a nuestro Colegio.

En 1940 ingresó por oposición en el prestigioso Cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado, y como tal fue durante muchos años Delegado Regional del Ministerio de Comercio en Sevilla, puesto en el que siempre ayudó y protegió, en lo que en su mano estaba, los productos de nuestra tierra; díganlo si no los bodegueros de Jerez y los exportadores de aceitunas.

Más tarde representó brillantemente a España en diversos puestos diplomáticos comerciales; primero en Ginebra, ante los diversos organismos de la ONU que allí radican; luego sucesivamente, en las embajadas de Zurich y Berlin-Este, y por último, en Hamburgo; en Berlin-Este hubo de afrontar la difícil situación creada por la ruptura de relaciones entre la entonces Alemania del Este con España.

Mi legitimación para escribir estas torpes palabras me viene de que Carlos esa el padre de mi mujer; es fácil pues, deducir que en estos largos años lo he conocido bien; de su carácter cabe extraer como elemento más definitorio su bonhomía y su saber estar en cada momento; sus hijos siempre destacaron de su padre su equilibrio y su bondad; fue un hombre de una fe muy recia que, estoy seguro, en ningún momento de su vida se quebrantó, ni siquiera con el golpetazo que fue, hace años, la muerte de su hijo mayor; como lector empedernido que fue, era un hombre muy culto y conversador ameno; tenía una especial facilidad para los idiomas, de los que hablaba varios; los años 80, cuando se jubiló para distraerse, empezó a estudiar ruso y árabe.

Era un hombre humilde; tanto que, por ejemplo, sus hijos nunca supieron las diversas condecoraciones de todo tipo y clase, que a lo largo de su vida le fueron concedidas; y también era un hombre bueno, de los que entran pocos en la docena; sin duda quienes lo conocimos siempre lo recordaremos; como dice la Biblia: Ha muerto un hombre justo.

Manuel Barón Rojas-Marcos

En memoria de mi padrino, compañero y buen amigo

Desde el año 1954, y en mi calidad de chófer del Señor Rector, que lo fue durante aquélla época, Catedrático de la Facultad de Derecho, conocí a los 19 años de edad y cuando era estudiante de Derecho, a Eugenio Alés Pérez.

Fuimos muy amigos, incluso después de terminar la carrera en el año 1959, nuestra amistad fue diaria en su primer bufete de la calle Alcázares.

Dialogábamos y discutíamos mucho sobre diversas materias; puedo afirmar que constituía una costumbre frecuente. Por cuanto en nuestros corazones anidaba una gran amistad y cariño; por ello siempre que lo necesité, aparecía dispuesto a ofrecerme su ayuda sin ninguna clase de interés. Tanto que a él le debo mi alta motivación hacia el estudio de la carrera de Derecho, no obstante, lo avanzado de mi edad. Fue tal su vinculación conmigo que apadrinó mi ingreso en ese Colegio de Abogados el día 6 de marzo del año 1998. En fecha, 26 de octubre a las 13 y 30, horas antes de su fallecimiento, estuvimos bromeando de modo cariñoso.

Siempre lo tuve en mi defensa ante todos los pleitos de la vida laboral; los cuales acumularon hasta más de cuarenta casos. Tanto que a uno de ellos, durante el año 1969, ante el Tribunal Supremo y su posterior Recurso a Sala de Revisión del propio Tribunal Supremo, contra el PMM (Parque Móvil de los Ministerios). Cuando quien suscribe los hechos le presentaba los borradores de las demandas, siempre repetía: «¡Tío, estudia Derecho!».

Me lo traes todo tan bien fundamentado, que merece la pena hacerlo por tu parte. Hasta que un buen día del año 1989, le dije: Eugenio, ¡Me he matriculado en la Facultad para el primer curso de Derecho!

Antonio Fernández Pérez

Redacción

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