La primera lección: El abogado rojo

Paco Ayala había acabado recientemente la carrera de Derecho. A sus veintitrés años, se veía en el inicio de conquistar un futuro que se le antojaba incierto. Hasta entonces, no podía quejarse: su vida había transcurrido en una mezcla de diversión y escaso esfuerzo, pero también de cumplimiento de sus obligaciones. La idea de estudiar Derecho había venido a última hora, cuando se había desengañado de su infantil vocación de ser médico (le mareaba la simple visión de la sangre). A lo largo de los años de carrera, había pensado en la posibilidad de ser Juez, pero al concluirla, diversos problemas personales le impidieron iniciar el estudio de la judicatura.

Ante la imposibilidad de preparar cualquiera otra oposición (como su amigo Jesús, que comenzó a preparar Notarías; o su amigo Antonio, que optó por la Administración), se acomodó a ser Abogado en ejercicio. Sin ninguna relación con la profesión, sus padres, comerciantes desde hacía muchos años, eran personas bien relacionadas en la provinciana ciudad en la que vivían y se preocuparon de ayudarle en su decisión final.

A este fin, hablaron con varios amigos y conocidos, y todos ellos les aconsejaron que se iniciara con un Abogado de reconocido prestigio, trabajando como pasante con el mismo varios años antes de abrir su propio bufete. En aquél tiempo, esta era, por otro lado, casi la única forma de iniciarse en la profesión.

Con la suerte a su favor, recientemente los padres de Paco Ayala habían tenido que consultar diversas cuestiones con un Abogado. Satisfechos por sus consejos, hablaron con él y éste no tardó en aceptar a Paco como pasante.

Se trataba de un Abogado insigne y de reconocido prestigio en los medios jurídicos de la Ciudad. Insigne, sí, pero muy viejo (se diría que anciano provecto) que, no obstante, y sin necesitarlo económicamente, mantenía abierto su despacho, dispuesto a morirse con la toga puesta. Como pudo saber Paco más tarde, su despacho había sido muy importante en la Ciudad, y había acogido como pasantes a otros Abogados que ahora eran de lo más destacado, había llevado asuntos muy importantes y había, en conclusión, ganando mucho dinero y prestigio con la profesión.

Cuando Paco llegó por primera vez al Despacho, le impresionó la casa, al mismo tiempo vivienda y bufete del Abogado. Situada en una céntrica calle, el despacho ocupaba la planta baja, tres habitaciones comunicadas entre sí por el patio, bien cuidado y limpio; sin embargo, en las habitaciones sólo vio muebles viejos, libros desvencijados y atrasados por el paso del tiempo, papeles amarillos y un montón de carpetas numeradas, en las cuales se contenía toda la carrera profesional del Abogado, todo ello con varias capas de polvo encima, y dos máquinas de escribir, manuales, una de ellas de carro largo.

También le impresionó la personalidad del Secretario del Abogado, mayor pero con la mente despierta como un muchacho, hábil con la máquina de escribir y conocedor de todos los lugares propios de la burocracia del Despacho. Además, ejercía como hombre de confianza del Abogado, tanto en los temas profesionales como personales.

No obstante, la primera entrevista con el Abogado –que se llamaba Don José-, le dejó impresionado. En una atmósfera cargada por la escasa ventilación del Despacho, y con una temperatura muy alta, necesaria por el estado de salud del Abogado, éste lo recibió, siendo presentado por el Secretario, que ya hemos dicho, se ocupaba de la Agenda y del día a día del Despacho. El Abogado se limitó levantar un poco la vista del papel que tenía frente a él y preguntarle por su nombre y edad. Contestada esta preguntas, le dijo: “Ahora, a trabajar. Si tienes alguna duda, me lo preguntas y, sobre todo, no tomes ninguna iniciativa sin consultarme. Perico, mi mecanógrafo, te pondrá al corriente y te indicará el trabajo a realizar. El también te ayudará a los trámites necesarios para incorporarte al Colegio”.

A renglón seguido, se sumergió de nuevo en la lectura.

Al salir de la reunión, Paco Ayala se atrevió a preguntar a Perico si había que firmar algún contrato de trabajo y qué sueldo le pagaría. Perico lo miró fijamente a los ojos y no pudo evitar una carcajada. Entre risas le dijo que bastante tenía con que lo hubiera aceptado, que de contrato, nada, y de salario, por supuesto, nada.

Así comenzó el primer día como Abogado de Paco Ayala. Su trabajo se reducía a acudir todas las tardes al Despacho, examinar viejos legajos y atender a los requerimientos que le hacía Don José. Pocos asuntos nuevos entraban ya en el Despacho, fundamentalmente de antiguos clientes (casi tan viejos como el Abogado), y de ellos el Abogado se limitaba a pedirle a Paco que le buscara la legislación vigente y, sobre todo, la jurisprudencia aplicable.

En aquél tiempo, esta tarea era ímproba: no existía otro instrumento que las recopilaciones anuales de jurisprudencia, por lo que para buscar las sentencia recientes sobre cualquier tema, había que examinar numerosos tomos, buscando primero en su índice el concepto, y después leyendo cada una de las sentencias recopiladas (en su mayor número, del Tribunal Supremo), hasta encontrar aquéllas que se ajustaban más al caso estudiado. Concluida la investigación, Paco debía darle al Abogado una relación de las que estimaba más aplicables, incluyendo la referencia marginal y el año, así como el volumen en el que se recogía y, en algunos casos, un resumen de la misma. Fue un gran avance la aparición de un repertorio que las clasificaba por conceptos y no por fecha, pero ello no impedía el tener que examinar multitud de libros.

Ese era su trabajo principal.

Al poco tiempo, se incorporó al Colegio de Abogados (-hay que decir, en honor del Abogado, que éste corrió con los gastos de incorporación y se hizo cargo de las cuotas colegiales y de la Mutualidad-) y comenzó a ir por los Juzgados, coincidiendo con antiguos compañeros de Facultad y conociendo a otros abogados. De esta forma, asistía a numerosos juicios, entre el público, y se iba haciendo idea de lo que era el ejercicio profesional y conociendo el gran secreto de la profesión: la práctica procesal. Paco Ayala se hizo imprimir unas tarjetas de visita en las que, bajo su nombre en cursiva, se leía “abogado”, y esto lo llenaba de un sano orgullo a sus veintitrés años.

Y así fueron transcurriendo los días: leyendo y tecleando en su máquina de escribir, pues antes omití que también Don José, para que fuera habituándose al argot jurídico, le pedía al menos una vez por semana, que le redactara un escrito, escribiera una demanda sobre algún supuesto de hecho que le explicaba, y cosas semejantes. Don José tenía la costumbre, cuando le llevaba el escrito para su examen, de corregirlo a bolígrafo, de donde quedaba obligado Paco a escribir nuevamente ese folio.

En esas estaba, cuando un día, en el almuerzo familiar, su padre le dijo que le había dado la dirección y el teléfono del Despacho y su nombre a un conocido, que decía que su hijo tenía problemas con sus socios. A partir de ese día, Paco estaba pendiente de las raras llamadas telefónicas, esperando con ansiedad y miedo que alguna fuera para él.

Y a los pocos días, ocurrió. Según le contó después Perico, una voz de hombre joven preguntó por él, diciendo que quería una cita lo más pronto posible y cuánto costaba la consulta. Se limitó a responderle que la cita sería dos días después de la llamada, a las seis de la tarde, y que el precio de la consulta dependería del contenido de la misma y de las normas de honorarios del Colegio de Abogados.

El día fijado, Paco esperaba con ansiedad que llamaran a la puerta. A la hora fijada, sonó la campanilla y momentos después, Perico le anunció la llegada de su primer cliente. Nervioso, procuró despejar su mesa de papeles y le dijo que pasara.

Ante él se presentó un joven, vestido con chaqueta y corbata, a quien Paco invitó a sentarse y que le explicara el objeto de su consulta, previa presentación de sus datos personales. No era posible distinguir cuál de los dos estaba más nervioso.

Y el cliente comenzó a relatarle su problema: en unión con otra persona, habían empezado a explotar un bar-cafetería en un barrio de la Ciudad. Ante su buena marcha, habían decidido firmar un documento en el que se hacía constar que el negocio era de ambos por mitad, que responderían de la misma forma de las deudas que pudieran contraer por el negocio y que los beneficios se repartirían por partes iguales. El local donde estaba asentado el negocio estaba alquilado por el socio con anterioridad, y para evitar problemas con el propietario y que éste pudiera aprovechar la ocasión para subir la renta o reclamar el importe de un supuesto traspaso, habían decidido no modificar la situación, aunque en el documento suscrito, se hacía constar expresamente esta cuestión y se prohibía al titular tomar disposición alguna sobre el local sin mutuo acuerdo.

Quien trabajaba el bar era el cliente, reduciéndose el socio a llevar las cuentas y, según decía él, aportar clientes entre sus numerosos conocidos. Así fueron las cosas durante algún tiempo, hasta que el socio comenzó a exigir más y más dinero. La relación se fue deteriorando hasta el punto de que un día amenazó con rescindir el contrato de arrendamiento, lo que provocó la primera discusión seria entre ambos.

Desde entonces, las relaciones prácticamente se interrumpieron: el socio permanecía todo el día en el negocio, revisando que todas las consumiciones iban a caja, molestando el diario transcurrir del negocio.

La situación llegó a su punto culminante cuando hacía una semana, aproximadamente, el cliente no pudo entrar en el local porque su socio había cambiado la cerradura, y manifestaba que no estaba dispuesto a liquidar hasta que el cliente no le firmara la rescisión del contrato que los unía.

Era por esto por lo que necesitaba asesoramiento jurídico y una solución rápida.

Tras despedirse y citarlo para la siguiente semana, Paco quedó sumido en un mar de dudas. Con avidez, inició la consulta de legislación y jurisprudencia y, al cabo de dos días, concluyó que había varias posibilidades: iniciar una acción judicial que declarara la validez del contrato que unía a las partes y de ahí, sacar los resultados buscados exigiendo su cumplimiento; ejercitar una acción interdictal de recobrar la posesión; poner una denuncia por coacciones, y otras semejantes. De todos los caminos posibles, Paco ignoraba cuál podría ser en la realidad el más rápido, dada la legendaria tardanza de los juzgados. Por eso, antes de hablar con su cliente, decidió someter el problema a su maestro.

Y así lo hizo.

Después de exponerle el caso, Paco se esforzó por plantear su alternativa, que estaba entre la acción interdictal y la denuncia. Don José lo miraba por encima de las gafas, mientras una leve sonrisa se dibujaba en su boca. Finalmente, le preguntó cuál era su opinión. El Abogado siguió mirándolo un rato, que se le hizo eterno a Paco, y por fin le dijo: “que le dé una patada a la puerta y que después, se ponga en contacto con el propietario del local para arreglar lo del arrendamiento”.

Paco le miró asombrado, enmudecido por la respuesta de su Maestro. A continuación, Don José añadió: “Mira, hijo, en nuestra profesión, al contrario de lo que ocurre con otras, la solución final a los problemas no depende de nosotros, sino de una tercera persona, el juez, que además de escuchar nuestros argumentos, escucha los del contrario, y luego de seguir un procedimiento formal, decide, en una resolución que es recurrible. Por eso, debemos procurar que los intereses del cliente encuentran una debida satisfacción, en el tiempo más corto posible. Algunas veces, debemos aconsejar no pleitear, allanándonos a la petición contraria, y otras, ya lo verás cuando pasen algunos años, la experiencia es superior a los propios conocimientos jurídicos a la hora de adoptar una resolución. En el caso que me has expuesto, queda claro que tu cliente es quien vive del negocio, que estar fuera de él le produce perjuicios y cuanto más tarde en recuperar su negocio, mayores van a ser. No es lo mismo negociar con el contrario desde una posición material favorable que desde una desfavorable. Y como dice el dicho popular, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Así, si la consulta me la hubiera hecho a mí, no dudaría: que le dé una patada en la puerta”.

Estos razonamientos calmaron un tanto a Paco, que volvió a su mesa a iniciar una búsqueda de jurisprudencia sobre el interdicto de recobrar. Al pasar junto a Perico, le pidió una lista de los procuradores que habitualmente trabajaban con el Despacho, para tener previstas todas las posibilidades.

Y pasaron los días. Llegada la fecha de la cita, Paco seguía sumido en un mar de dudas, preguntándose como le diría a su cliente la solución que había sugerido su Maestro, temiendo más que la reacción de éste la impresión que podía transmitir de inseguridad y nerviosismo.

Ese día, el de la cita, todo transcurrió como era habitual. Las horas pasaron y el cliente no se presentó. Paco pensó que algún imprevisto le había impedido asistir, y esperó que al día siguiente su cliente acudiera a la cita. Pero esto no sucedió, ni al otro, ni en la semana siguiente.

Harto ya de esperar, en otro almuerzo familiar, Paco contó a su padre lo que había ocurrido y si podía hacerle el favor de hablar con su amigo para saber qué había ocurrido. A los pocos días, su padre le dijo que había hablado con su amigo, que de pasada le comentó cómo iba el asunto y aquél le contestó que todo estaba solucionado, que si su hijo no había ido a visitar a Paco era porque estaba muy ocupado con el bar y que quedaban invitados el día que quisieran.

Así hicieron: Pocos días después, Paco y su padre fueron al Bar en cuestión. Reconocido por su cliente inmediatamente, éste salió de detrás de la barra con una amplia sonrisa, los saludó y los llevó a un pequeño rincón que servía de apartado, poniéndose a su disposición.

Después de traerles unas cervezas y una ración de buen jamón, Paco se atrevió a preguntarle qué había pasado. Y el cliente le respondió:

“Tras la visita a tu Despacho, me encontré con un amigo al que le conté lo que me estaba pasando. Lo único que me dijo era que como me metiera en juicio iba a recuperar el Bar dentro de cien años, y lo decía por experiencia propia al haber tenido que soportar un litigio menor años y años. Aquello me dejó sumido en un mar de dudas, porque el Bar era mi sustento y el de mi familia y no podría sostener un pleito largo y, por lo que el Abogado le había dicho, costoso. Entonces tomó una decisión. Acompañado de dos amigos y de los camareros del Bar, al día siguiente se dirigieron, a primera hora, al local. Una vez más comprobó que la llave no respondía y, sin pensarlos dos veces, con un pequeño impulso, propinó una patada a la puerta, que quedó abierta del golpe.

A continuación, entraron y procedieron a arreglar el lugar para su inminente reapertura. El cliente aprovechó la pausa del mediodía para visitar al propietario del local, siendo bienvenido por éste con estas palabras: ya era hora de que alguien viniera y le explicara qué pasaba, pues hacías tres meses que no cobraba la renta y ya había puesto las cosas en manos de un abogado para iniciar el desahucio por falta de pago. El cliente le comentó lo que pasaba y ambos coincidieron en la falta de vergüenza del socio.

El cliente le comunicó que en pocos días el le pagaría las mensualidades atrasadas y seguiría pagando la renta mensualmente, pero que por favor le pusiera el contrato a su nombre. El propietario se mostró de acuerdo y dijo que hablaría con su abogado para darle una solución legal al problema.

Tranquilizado, el cliente volvió al Bar.

Y eso es todo lo que había pasado. Pidió disculpas a Paco por no haberle llamado y le preguntó si le debía algo. Paco dijo que no le debía nada y aceptaba las disculpas. Y de todo ello sacó en claro su primera lección como Abogado, que la ley existe para aplicarla pero que, a veces, la experiencia se convierte en la verdadera madre de la sabiduría. Nunca olvidaría a su Maestro, el Abogado.

Manuel S. Fernández del Pozo

Author: Manuel S. Fernández del Pozo

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