La orden militar más perfecta jamás oida

Para poder dar crédito al enunciado, no tenemos mas remedio que referirnos a un hecho que como testigo presencié con motivo de las prácticas de las Milicias Universitarias, en calidad de Álferez de Complemento en un Regimiento de Infanteria, por los años 1955. En aquellas fechas, al acabar los dos cursos de verano en el Campamento, concretamente en la Granja de San Ildefonso-Segovia-, y, al concluir la Licenciatura, debíamos completar la formación militar, con las prácticas de un semestre en un Regimiento del Arma al que estábamos adscritos, en este caso, la de Infantería.

Tuve la suerte de ser destinado a la plaza que elegí en primer lugar, por motivos familiares, y más suerte, si cabe, al ser asignado a un acuartelamiento en que mi Compañía –compuesta por 110 personas, con el Capitán, los dos Alféres y la tropa correspondiente-, era la de Plaza, que en roman paladino, significaba que estaban afectos a labores administrativas y de protocolo del Regimiento.

Quiero ello decir, que todos los soldados de la Compañía estaban asignados a las labores de chófer del Coronel del Regimiento, ordenanzas de los Oficiales, encargados del bar, cocina, banderas, peluquerías, cartería, etc…, a más de tener que recibir el resto, sin destino puntual, a las autoridades que en viaje oficial, visitaban la ciudad, rindiéndoles honores, bien en el aeropuerto, estación marítima o ferrocarril. Con este motivo, eran pocas las ocasiones en que la formación de la Compañía por las mañanas, fuera completa, lo más que la integraban eran 4/6 soldados, por estar atendiendo los servicios especiales de Plaza, y todo ello a lo largo de los seis meses que duraban las prácticas.

Esta situación, me permitió preparar mi Doctorado, bien en el propio Regimiento, y las mas de las veces, en la propia Residencia de Oficiales –espléndida- o en la Biblioteca del Colegio de Abogados, o en el despacho de un Letrado, primo mío.

Tras este prólogo, debo añadir que, una de las obligaciones que los Alféreces en práctica teníamos asignadas, era realizar un Servicio de Vigilancia en la ciudad y que en los seis meses, tan sólo efectuamos dos. Este servicio consistía en que todos los Alferéces de los Regimientos de la Ciudad, unos 40/50 en junto, teníamos que presentarnos el día que nos correspondía, perfectamente uniformados, incluso con sable, a las 9 horas en la Sala de Banderas del Gobierno Militar, para recibir la Orden del Día, para realizar nuestra misión. Es el caso, que una de las dos veces que nos tocó hacer tal Vigilancia, recibimos una Orden del Comandante de Día, que debería ser puesta en letras de molde en los anales de la instrucción militar, por el sentido común que encerraba, ya que una vez reunidos todos los oficiales, apareció el Comandante, que sin más protocolo, nos instruyó de la siguiente forma: «Buenos días Sres. Oficiales: Si ocurre algo, que no ocurrirá. Y si Vds. Se enteran, que no se enterarán. No me localicen, porque no me encontrarán».

Todos los asistentes nos quedamos ensimismados, si bien recapacitando mas tarde el sentido de la Orden recibida por el Comandante, apreciamos la realidad viva de su contenido, ya que la vigilancia de día consistía teoricamente en recorrer toda la ciudad de uniforme, para prevenir, vigilar y observar, fundamentalmente a los militares de cualquier graduación y tomar consecuentemente, las medidas oportunas.

Pero la realidad era otra, ya que terminada la breve reunión en la Sala de Banderas del Gobierno Militar, desde el Comandante de Día, hasta el último Oficial de Vigilancia, nos íbamos a nuestros respectivos lares, que no al Regimiento, ya que teoricamente estabamos de servicio y desposeidos de nuestros uniformes, no aparecíamos en el Cuartel hasta el siguiente día, con la misión cumplida… y un día sabático. Por lo expuesto, me ratifico en que, la Orden del Día, que nos transmitió el Comandante de Turno, el día de autos, es la más perfecta, jamás oída.

Guillermo Giménez de la Cuadra

Author: Guillermo Giménez de la Cuadra

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