La división del informe oral

“El profesor Aron concluyó la charla a que nos hemos referido anteriormente de la siguiente manera: Extrajo de su maletín una bolsa plástica pequeña. En su interior había un traje de baño de mujer, un bikini muy pequeño. Lo exhibió al auditorio y preguntó. ¿Qué es esto? Un alumno respondió. Un bikini. Muy bien, dijo el profesor, un bikini, a mi no me importa, agregó, si en un tiempo más Uds. no recuerdan esta charla, ni mi nombre, pero lo que Uds. nunca van a olvidar y siempre recordarán es este bikini y la idea asociada a él, cual es que el discurso es como un traje de baño bikini, o sea debe ser lo más corto posible y debe cubrir las partes esenciales del caso” Roberto Arón.

 

1. Importancia de la estructuración del informe oral

Para que el informe del orador cumpla con su objetivo requiere que este se transmita de forma ordenada y coherente, pues para alcanzar su eficacia persuasiva debe respetar ciertas reglas oratorias que se articulan en la división del informe mediante el establecimiento de diversas partes perfectamente ensambladas para cumplir su misión. Como veremos en este artículo, a través de las partes en las que se divide el informe conmoveremos y atraeremos la atención del auditorio (exordio); transmitiremos la noción de orden de nuestro discurso (división); expondremos los hechos que sustentan nuestra pretensión (narración); examinaremos la prueba y argumentaremos nuestra tesis y refutaremos la contraria (argumentación) para, finalmente, concluir resumiendo las ideas principales de nuestra defensa (epílogo).

Nada de esto es fruto de tendencias doctrinales recientes, ya que la división del informe tiene su origen en tiempos de la Roma Imperial. De hecho, fue el hispano Quintiliano, quien estableció la división clásica del informe que ha llegado a nuestros días con algunas variaciones.

Los beneficios que proporciona un informe bien estructurado son los siguientes:

1º. Orden y coherencia en la exposición.

2º. Concreción de las ideas principales de nuestro alegato.

3º. Facilidad para retener las ideas principales y exponerlas oralmente.

4º. Concede a la exposición una idea de unidad.

5º. La división aporta flexibilidad al informe, permitiendo, en algunos casos, la supresión de determinadas partes.

6º. Constituye la vereda, el camino que recorre nuestra argumentación hasta alcanzar el fin pretendido.

 

2. La división del informe

La división que hemos escogido del informe viene a coincidir con la clásica y más habitualmente adoptada actualmente aunque con variaciones.

Concretamente, hemos de distinguir entre las siguientes partes del informe:

1º. Exordio.

2º. División.

3º. Narración.

4º. Argumentación

Argumentación.

Refutación.

5º. Epílogo.

A continuación vamos a detenernos en cada una de ellas.

 

2.1. EXORDIO

El exordio forense (del latín exordium: comienzo, en griego προοίµιον / prooímion « preludio »), constituye la parte introductoria del informe que abarca desde el comienzo del mismo hasta que el orador entra en la materia objeto de su discurso. Desde una perspectiva clásica de las divisiones del discurso, al exordio lo seguirían, por este orden, las siguientes partes: la proposición (frase-lema, tema a tratar), la división (ordenamiento y enumeración de partes), la narración (fundamento-desarrollo de contenido), la argumentación, y la refutación (responder contrariamente a otro concepto o explicación; convencer) y la peroración o epilogo.

El objetivo o finalidad del informe es captar o ganar el interés, la atención, receptividad y benevolencia del Tribunal sobre el tema o materia a tratar. Para ello, el orador, a través de esta breve introducción procura, sin entrar bruscamente en el examen de los hechos y su valoración probatoria, poner al auditorio en antecedentes, anticipando de que va a tratar el informe, a través de una exposición con la que consiga unir el interés y simpatía del auditorio al suyo propio y al de la causa que defiende. Para ello, es fundamental que el orador conozca de antemano la predisposición que el auditorio puede tener hacía su caso, ya que a través de esta información sabrá suavizar lo que podría parecer atonante, ese arte de eludir la opinión contraria y los sentimientos hostiles, y en cierta medida de asociarse incluso con los prejuicios y con los intereses que se van a combatir.

Concha Calonje  resume el objetivo del exordio señalando que el abogado deberá acreditar su autoridad, referirse al contexto y circunstancias que rodean al caso, sintonizar con las necesidades y expectativas del oyente, identificar las posibles ideas contrarias que puedan asaltarle, y avisar sobre las ideas centrales del mensaje, los valores que quiere transmitir y el punto sobre el que se va a incidir.

Por lo tanto, como podrá intuirse, del exordio puede depender el éxito del informe oral, ya que una introducción eficaz permitirá al orador conseguir una primera impresión favorable en el momento en el que el auditorio está prestando más atención, la cual, como ya sabemos, irá decreciendo a medida que se vaya exponiendo el informe. De este modo, obteniendo una buena predisposición de los jueces, conseguiremos ganar su atención sobre el resto del informe.

En cuanto al contenido, el orador expondrá las líneas esenciales de su informe o de la materia a tratar, evitando desarrollarlas, puesto que de lo que se trata es una verdadera insinuación. Aquí se incluiría lo que los retóricos denominaban la proposición o enunciación del objeto de la actividad persuasiva. Dependiendo de la situación, esta exposición podrá revestirse de alguna disquisición que trate de acercar el interés del auditorio hacía circunstancias o rasgos positivos o favorables del caso defendido. Para ello el orador tiene plena libertad para emplear las herramientas que considere oportunas para captar la atención. El uso de frases, moralejas, experiencias propias, paradojas o metáforas con situaciones sociales vigentes, pueden servir para llamar la atención del auditorio, siempre que se respeten las normas que a continuación trataremos.

Como puede observarse, el exordio puede variar en función de factores tales como el orador, la causa defendida, e incluso el auditorio. Tradicionalmente, las clasificaciones del exordio se han centrado generalmente en cinco tipos o clases:

Exordio captativo benevolentiae: Es aquel que se expresa con el fin de obtener la simpatía y benevolencia del auditorio. En estos casos, el orador debe ser hábil e ingenioso para hacerse simpático y con ello alcanzar la benevolencia deseada.

Exordio solemne: Se caracteriza por destacar la importancia, seriedad y trascendencia del tema. Para ello, a través de un lenguaje grave, serio y solemne, se busca transmitir lo sublime del objeto del discurso, sobrecogiendo al auditorio y apasionándolo a medida que se desarrolla el tema.

Exordio insinuante: Este exordio, que se expone ante un auditorio adverso, requiere de la habilidad del orador, quien tratará de introducir un tema adverso de una manera, prudente y sensible.

Exordio ex abrupto: Este exordio, tiene lugar cuando el orador, consciente de la gravedad y de las pasiones que levanta el tema, da rienda suelta a su emoción y entra de forma brusca y directa en el tema, sin más preámbulos, ganando con ello el apasionamiento del auditorio. En estos casos se emplean frases cortas, secas y sentenciosas.

Exordio in medias res: Semejante a la modalidad ex abrupto, constituye una introducción que recuerda a una entrada directa en materia, sin transición alguna.

La forma de exposición del exordio es fundamental para su eficacia. Por ello, hemos de cuidar la forma mediante el uso moderado de la expresión, tratando de contener la vehemencia y la pasión (salvo en el exordio ex abrupto), siendo recomendable un empleo elegante del lenguaje, cuidado y sencillo, claro y conciso. El orador, con su comunicación no verbal debe transmitir modestia alejada de toda arrogancia combinada con autoridad y dominio de la materia tratada. La sencillez del exordio debe excluir que parezca aprendido de memoria, por lo que se recomienda una exposición fluida, bien acompañada del ademán, de modo que parezca que se está improvisando.

En cuanto a su duración, es obvio que, conforme a su naturaleza introductoria, el exordio debe ser breve y proporcionado a la importancia del asunto que se va a exponer. No tendrá mucho sentido un exordio grandilocuente en un informe sencillo y cuyo objeto se reduce a una cuestión estrictamente jurídica. En el mismo sentido, poca utilidad será la de un exordio breve y objetivo en un asunto en el que se encuentra en juego la vida o libertad de una persona.

En cuanto a su preparación, y teniendo en cuenta que el exordio no es más que el preámbulo del informe, la mayoría de autores aconsejan que el exordio se prepare una vez se han concluido las restantes partes del informe. De este modo, al conocer en su totalidad el contenido del informe, será más fácil extraer su esencia y elaborar un exordio eficaz.

Dos últimos consejos respecto del exordio:

El primero, consiste en que el exordio que expone el primer abogado que interviene es más fácil que el del que habla después, ya que el primero lo va a exponer tal y como lo tenía preparado. Sin embargo, el segundo o tercer letrado podrá verse obligado a alterar la sustancia de su exordio sobre la base de los expuestos anteriormente. Para ello deberá estar atento e introducir, sí es preciso, las modificaciones que considere oportunas.

El segundo, que a pesar de su importancia, el exordio es una pieza prescindible del informe oral, pues habrá circunstancias en que el escaso margen temporal concedido para el informe, la actitud y cansancio del juez o cualquier otra circunstancia nos obligará a eliminarlo y pasar a un exordio in medias res o entrar directamente en materia.

 

2.2. LA DIVISION

La división es un elemento estructurador del discurso que consiste en exponer cuales van a ser las distintas partes en las que se va a dividir el informe. A través de la división facilitamos al auditorio la estructura de nuestro informe, lo que indudablemente va a contribuir tanto a la mejor comprensión del mismo como a favorecer el descanso que ha de producirse en el oyente en los momentos en los que se producen las transiciones ya anunciadas.

Si bien es una fase prescindible, especialmente en los asuntos de escasa enjundia, lo cierto es que la división siempre dota al informe la claridad y concisión necesaria en todo discurso forense. Naturalmente, para informes complejos y extensos se hace imprescindible la estructura, eso sí, limitándose la misma a dos o tres divisiones, no siendo conveniente la subdivisión, pues corremos el riesgo de fatigar de antemano al auditorio.

Con el fin de no producir una ruptura demasiado abrupta con el fin del exordio o con el comienzo de la narración se aconseja realizar una transición sencilla, casi complementaria del exordio y que nos lleve en volandas a aquella. No obstante, dado su objeto, el auditorio siempre reconocerá la enunciación de la división, ya que su contenido estructurador es fácilmente identificable.

La división puede emplearse para distinguir:

Las partes del discurso desde una perspectiva forense: narración, argumentación y refutación y epílogo.

“Comenzaremos con una exposición de los hechos relevantes que han quedado acreditados para, acto seguido, realizar un examen crítico de la prueba practicada y, finalmente, concluir exponiendo nuestras conclusiones”

Las partes técnicas del informe.

“Nuestro informe lo dividiremos en dos partes, una primera en la que se hace un recorrido por los hechos relevantes que estimamos han quedado acreditados en el presente procedimiento con cita de la prueba en la que se ampara; y una segunda, a través de la cual informaremos sobre los argumentos jurídicos en que se apoya nuestra pretensión”

La división del objeto de nuestro informe.

“Vamos a demostrar que el demandante ha venido actuando desde el inicio de la relación al amparo conducta ajena a la buena fe contractual; y vamos a demostrar igualmente, que el incumplimiento imputado a mi mandante, no es más que una falacia articulada ex profeso por aquel para fundar tan temeraria acción”

En definitiva, la división, puede emplearse con la finalidad de estructurar cualquier idea, fase o concepto que requiere una exposición por partes del informe oral.

 

2.3. NARRACION

Previo a entrar en la narración, es necesario determinar con claridad el concepto de “hecho”, pues desde la perspectiva de la argumentación forense debemos discurrir por una línea semántica común en la que orador y auditorio puedan entenderse sin dificultad. En tal sentido, considero muy apropiada la definición de Concha Calonje, que contempla la definición del concepto por medio de la enumeración de sus componentes “una persona, una cosa o acción cumplida o por cumplir, con su definición, procesos, relaciones o circunstancias”.

Dicho esto, la narración es la exposición ordenada de los hechos que consideramos han quedado probados y sobre los que ha de recaer el fallo de la resolución judicial, hechos que, desde nuestra perspectiva, constituyen la base fáctica de nuestra pretensión y de nuestros argumentos. Cicerón, en sus Particiones Oratorias señala que la narración es explicación del tema y es, a su vez, como un cierto asiento y fundamento de la disertación.

En esta fase se esclarecen aquellos aspectos que posteriormente trataremos de demostrar en la argumentación. Por ello, en la narración de los hechos el orador debe resaltar aquellos que favorecen su pretensión, dando escaso margen a aquellos otros que les son desfavorables. No obstante, no es conveniente eludir toda mención a hechos que, aun siendo desfavorables, son obvios y evidentes. En tal caso, conviene ser hábil y restarles importancia, limitando su alcance, sopesarlos con los otros y subordinarlos a éstos, pues a veces es más perjudicial el ocultar descaradamente esta clase de hechos que el exponerlos abiertamente. La razón radica en que el Juez captará de inmediato su ocultación dándole quizás más importancia de la que puedan tener y, aun, el abogado contrario, caso de seguirnos en la palabra, podrá recrearse en los mismos con mayor libertad.

La narración constituye una fase de suma importancia, ya que de los hechos que queden probados va a depender el sentido del fallo judicial, por lo que es obvio que la atención del tribunal estará concentrada en nuestra exposición, lo que exige el respeto a una serie de principios que han de gobernar esta fase del discurso forense:

1º. La expresión debe ser firme, categórica, sin expresar dudas. Es preferente el empleo de frases cortas, evitando frases largas y, menos aun, la subordinación de las mismas. El empleo del vocabulario debe ser simple y llano, sin excesivas complicaciones. Hay que interrumpir la exposición con breves digresiones que impidan la monotonía aliviando la tensión del auditorio y actuando sobre él de forma complementaria.

2º. La duración de la narración debe ser proporcional y ajustada al volumen de información fáctica del procedimiento, si bien habremos de sintetizar al máximo la información, lo que exige concisión, omitiendo introducir en la narración hechos insustanciales o circunstancias que nada aportan al objeto del informe. Igualmente, hay que prescindir, salvo que sea imprescindible, de suministrar excesivos detalles.

3º. Toda narración tiene que llevarse a cabo ordenadamente. Generalmente, se empleará el orden cronológico, si bien deberemos evitar ser demasiados exhaustivos o repetitivos con la cita de fechas, lugares o personas.

4º. El relato de los hechos tiene que ser verosímil. Con ello, apuntamos la necesidad de que el orador exponga los mismos de forma exacta y puntual, sin alterarlos o desfigurarlos a su antojo y conveniencia. Para ello, es conveniente dar vida al relato y servirse de la comunicación verbal y no verbal, transmitiendo durante la narración la realidad de los mismos, haciendo que los mismos pasen frente al auditorio como si de un documental se tratase.

Como señala Víctor Hugo Álvarez:

“Debe procurarse en la narración una absoluta verosimilitud, esforzándose por dar a las personas, cuyos hechos refiere, características que contribuyan a la realidad; si se trata de hacer intervenir a los personajes en el discurso, hablando o actuando, deberá hacerlos hablar y obrar como se supone que hablaban y obraban, teniendo en cuenta sus caracteres y las pasiones que en aquellos momentos los dominaban; al tratar de los hechos descubrirán las causas haciendo ver su naturalidad”

Y, cómo no, sin olvidar a Aristóteles:

“Es preferible lo falso verosímil a lo verdadero inverosímil”.

5º. En cuanto al estilo a emplear, los juicios civiles requerirán un estilo sobrio, conciso y objetivo, pues se trata de exponer hechos en los que el factor emocional suele ser escaso, lo que no obstan para dar, en ocasiones, la necesaria emoción al relato (v.gr, la situación de desamparo que puede quedar una viuda sin recursos tras un desahucio torticero) Por el contrario, en materia penal, los hechos pueden narrarse en ocasiones empleando el estilo patético, a través de gestos, pausas, silencios, etc…que transmitan la emotividad que requiere el conocimiento de la causa.

6º. La narración debe ser objetiva, excluyéndose valoraciones subjetivas de los hechos que lo que hacen es contaminar la verosimilitud del relato. No obstante, y especialmente en el campo penal, nada obsta a realizar algunas reflexiones sugeridas por los propios hechos.

7º. Finalmente, y con el fin de captar la atención del auditorio, es fundamental evitar caer en la monotonía. Para ello, hay que interrumpir la exposición con breves digresiones que alivien la tensión del auditorio y actúen sobre ésta de forma complementaria.

Si bien la narración es una parte del discurso de suma importancia, en ocasiones puede excluirse, lo que acaece cuando la materia a discutir es jurídica o no existen hechos controvertidos, sino que la controversia se limita a la valoración de los mismos ya aceptados por las partes.

Para concluir, señalar que una buena narración (breve, concisa y verosímil), puede llegar a dar fuerza a argumentos poco convincentes o escasamente persuasivos, ya que a través de la narración podemos seducir, revistiéndola de encanto e interés.

 

2.4. Argumentacion y refutación

Esta fase está integrada por dos partes, la argumentación propiamente dicha, en la que se examinan las pruebas para fundar nuestra narración, y la refutación, se combaten los argumentos de la parte contraria. Si bien hay distintas teorías sobre si constituyen una o diferentes partes del discurso, vamos a examinarlos en este único aparatado de forma separada.

 

2.4.1. Argumentación

La argumentación, también denominada discusión, es la fase en la que los abogados fundamentan las ideas centrales de su discurso a través de un ordenado examen crítico de las pruebas y la aplicación de la ley, doctrina y jurisprudencia, con el fin de sostener la validez de los hechos que se hicieron durante la narración, todo ello con el fin de persuadir y convencer al auditorio.

La argumentación es la parte esencial del informe oral. Si bien las circunstancias del caso pueden obligarnos a omitir otras partes del informe, la argumentación es esencial y no podremos prescindir de ella. La razón es evidente, pues para alcanzar la finalidad del discurso oratorio es preciso convencer al auditorio y, para ello, es imprescindible el proceso de argumentación, bien sea a través del examen de la prueba o incluso exclusivamente al amparo del examen jurídico (asuntos estrictamente jurídicos).

La exposición de las pruebas constituye un aspecto esencial de la argumentación, puesto que el orden y forma de presentarlas hace más verosímil el hecho que se quiere probar.

Sustancialmente, a la hora de abordar el examen probatorio, el orador tiene que ir detallando los hechos ya narrados y argumentar a través del examen de la prueba la forma en la que han quedado evidenciados los mismos con cita concreta de la prueba (documento X, declaración de Y, etc…)

Una cuestión que se examina en todos los tratados que abordan la argumentación la constituye el orden de exposición de la prueba. Como señala MAJADA podemos destacar dos teorías:

La primera aconseja presentar primero las débiles y pasar después a las más concluyentes o intensas, de forma que así vaya creciendo el interés. La segunda teoría parte de comenzar con el examen de la prueba con uno o dos argumentos de importancia. Acto seguido, se pasará al examen de las pruebas más débiles. Por último, se termina con las pruebas que se reputen decisivas.

Siguiendo al mismo autor, nos inclinamos por esta segunda teoría, es decir, colocar los argumentos débiles en el medio y fuertes al principio y al final de la prueba, ya que a través de dicho orden expositivo se atraerá desde el principio la atención del auditorio, quedando las más débiles desapercibidas gracias a la importancia de las primeras. Finalmente, con la conclusión a través de pruebas más decisivas recuperaremos la atención del auditorio y el recuerdo de las mismas perdurará.

No obstante, no hemos de olvidar que en ocasiones, la argumentación requiere un orden expositivo similar al de los hechos narrados, por lo que podrán mezclarse argumentos fuertes y débiles, de seguir dicho orden. Para evitar que esto produzca un debilitamiento de la argumentación, hay que procurar organizar los hechos de tal modo, que si nos encontramos con varios argumentos débiles, tendremos que unirlos para que parezcan fuertes o anudarlos a los más fuertes ocultando aquellos en la medida de lo posible. En todo caso, si disponemos de pruebas fuertes, es recomendable presentar las pruebas separadas y dar énfasis a cada una de ellas (Alberto Fernández).

En cuanto al estilo de la argumentación, en el que deberá prevalecer la presentación de argumentos lógicos y la figura del énfasis, se recomienda un estilo muy conciso, preciso y muy esquematizado, haciendo escasos alardes al estilo patético. No obstante, en ocasiones, puede ser conveniente emplearlo, pues como señala MUNGUÍA, sin duda “vigoriza” la prueba, pero se debe cuidar de no exagerar, ya que es el adorno para el argumento y no el argumento para el adorno. Al respecto – continúa este autor – , Quintiliano señala “Y cuanto más desagradable sea de suyo la materia, tanto más convendrá sazonarla con el deleite, y cuando la argumentación sea sospechosa, disimular con el adorno el artificio, puesto que el ánimo abraza mejor lo que oye con gusto”. 

 

2.4.2. La Refutación

A través de la refutación el orador demuestra que los razonamientos y pruebas empleados por su adversario para sustentar su pretensión es falsa.

La refutación, sin ser tan importante como la argumentación, constituye un elemento esencial del informe, puesto que, como complemento de la argumentación, la misma, a través de un proceso de “destrucción argumental” evita que los argumentos y pruebas del adversario queden incólumes y sin contradicción alguna, riesgo éste que no puede correr el buen orador. Además, la propia refutación constituye un elemento de refuerzo de la valoración probatoria que sostenemos, pues es ésta a la que inevitablemente debe llevar el proceso de refutación.

La refutación, que podrá ser anticipada (si el contrario no ha usado anteriormente el uso de la palabra) o posterior (cuando el adversario informó con anterioridad), requiere un trabajo previo al juicio de estudio muy importante. Efectivamente, durante este estudio, tendremos que seguir las siguientes fases:

1ª. A través del estudio del asunto, descubriremos cuales son los argumentos, hechos y prueba con los que probablemente contará el adversario en su informe, ordenándolos por importancia.

2º. Una vez conocidos los argumentos, tendremos que identificar las debilidades, contradicciones de dichos argumentos y sistematizarlos debidamente. Ojo, es conveniente limitarse a los más importantes, desechando aquellos accesorios o que, de una u otra forma, admitimos.

. Preparar todos los argumentos que dispongamos contra los argumentos adversos, argumentos que lógicamente deberán encontrarse corroborados por la prueba.

Con esta información, y ya en el acto del juicio, nuestra refutación tendrá por objeto, con el apoyo de nuestros argumentos y a través siempre del correspondiente razonamiento, evidenciar la debilidad del planteamiento adverso y la solvencia del nuestro, siempre, insistimos, respecto de los argumentos principales, pues destruidos estos, quedarán igualmente los accesorios. Ahora bien, puede ocurrir, que durante el acto del juicio (especialmente si nos precede en la palabra el contrario) detectemos argumentos no descubiertos, bien porque no los descubrimos o porque son nuevos. En estos casos, el orador deberá emplear la habilidad de la improvisación y “construir para destruir” Por ello es muy recomendable que durante el informe de su adversario, lápiz en mano, vaya chequeando los argumentos que se van exponiendo de adverso.

Durante la refutación el orador debe mantener un verdadero equilibrio emocional, manteniéndose tranquilo y en calma, transmitiendo seguridad y confianza en si mismo. Perder los papeles y los nervios durante la refutación creará en el auditorio una penosa impresión contraria a nuestro objetivo. Esto es fundamental para actuar de forma técnica y razonada en la destrucción de los argumentos adversos. No obstante, ello no impide, como indica Majada un estilo más vehemente que el del examen de la prueba, pues en natural el enardecimiento del lenguaje cuando el orador se apresta a destruir las objeciones que se le hicieron.

Para concluir, señalar que la técnica de la refutación exige una formación y preparación constante por parte del abogado, conociendo las técnicas argumentativas y la forma de combatir los argumentos falsos y falacias

 

2.5. Epílogo

El epílogo ( peroratio) es la parte con la que se pone fin al informe y en el que se recapitulan los argumentos principales tratados, dando especial énfasis a la pretensión que sustentamos.

La finalidad del epílogo reside en que a través de este resumen dejaremos huella en la mente del auditorio sobre los fundamentos de nuestra pretensión, facilitando con ello el recuerdo de la esencia de nuestro alegato. Efectivamente, siendo lo último que se escucha de nuestro informe, tras la conclusión, el epílogo quedará fuertemente grabado en el auditorio, peroración o conclusión.

Al igual que el exordio, con el que está íntimamente asociado, el epílogo es una ocasión apropiada para suscitar los afectos del auditorio, pudiendo emplearse argumentos ajenos al aspecto jurídico, lo que nos permitirá atraer la atención del auditorio, que verá en estas consideraciones materia de interés por su excepcionalidad. Si la ocasión lo permite, concluir con una idea impactante que arrope a nuestra recapitulación, puede ser un elemento decisivo, no sólo para que quede la esencia de nuestro informe en la mente del auditorio, sino para que el recuerdo sea favorable.

En el epílogo, que necesariamente ha de ser breve, el orador podrá usar el estilo patético, ya que a través de ella podrán impactar mejor las ideas que tratamos de recapitular. No obstante, este uso dependerá de la materia tratada en el informe, pues como señala acertadamente , Sainz de Andino “En las cuestiones de derecho, en las controversias sobre intereses pecuniarios, y en las discusiones de rigurosa dialéctica, la peroración no debe ser más que la recapitulación sencilla de los medios de la defensa; pero en las causas que interesan a la integridad de las costumbres, los derechos sociales, las regalías del soberano, el bien general de Estado o el decoro de la religión, tienen lugar muy oportuno en el final del informe los movimientos oratorios”

Para su preparación, se recomienda redactarlo con sosiego y reposo, una vez concluido el texto completo del informe (excepto el exordio) sintetizando en ideas breves y concisas los argumentos fundamentales del discurso. El contenido de los mismos deberá expresarse de forma diferente a la expuesta durante el resto del informe, pero sin alterar el contenido, con lo que evitaremos que la reiteración pueda hacerse algo pesada al auditorio. De esta forma, esforzándonos por compendiar expresándonos de distinta forma, enriqueceremos aun más el informe. Igualmente, durante la preparación, hemos de cuidar que el tono del mismo debe convenir con el tono empleado a lo largo del discurso. Para ello, deberemos practicar en viva voz y comprobar que el mismo está perfectamente diseñado para cumplir con su objetivo persuasivo.

Para concluir, señalar que Majada recomienda respecto a la fraseología introductoria evitar frases como “termino ya, pues creo haber expuesto todo lo necesario a la defensa” o “voy a concluir y no quiero cansar más la respetable atención del Tribunal”, etc. También es ocioso señalar – continúa el autor- el punto final del informe con frases hechas como “he dicho”, “he terminado” o “nada más, señores”.

La mejor forma de concluir es suavemente, sin presentación del epílogo, permitiendo que la transición se produzca por sí sola, de modo que el auditorio se percate de nuestra peroración final, sin otra ayuda que el contenido del mensaje y el tono de voz y nuestros gestos, verdaderos heraldos del final del informe.

 

. Méndez Torres, Ignacio. El lenguaje oral y escrito en la comunicación. Ed. Limusa, México, 1990.

. Calonje, Concha. “Técnica de la argumentación jurídica. Aranzadi Thomson-Reuters, 2009.

. Munguia, Salvador. Manual de Oratoria. Editorial Limusa, 2003

. Obra citada. Vid. Nota 2 al pie número 

. Cicerón, La Retórica en la Partición Oratoria.

. Garrigues, Luis Joaquín. “Con la venia”, 1997

. Frase citada por Eduardo Jara Castro en su obra “El Discurso del Abogado”. Universidad de Chile.

. Romera Castillo, José, Miguel Angel Pérez Priego, Vidal Lamíquiz Ibáñez,María Luz Gutiérrez Araus. Manual de Estilo.

. MAJADA, Arturo. “Técnica del informe ante los tribunales”. 5ª ed. de la Oratoria Forense. Bosch Casa Editorial, S.A. Barcelona 1991.

. Cita de Alberto Fernández extraída del libro de Salvador Munigua citado en la nota a pie número 3.

. Obra citada. Vid. Nota al pie número 10.

. Sainz de Andino P. Elementos de elocuencia forense, Madrid 1847, Tomo I.

. Obra citada. Vid. Nota al pie número 10.

Óscar Fernandez Leon

Author: Óscar Fernandez Leon

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