Jubilación del Fiscal Jefe. Alfredo Flores Pérez

Jubilación. . . (Discurso de despedida del Fiscal Jefe)

Cuantas veces en estos últimos meses he pensado qué decir en ocasión como esta.
Primero me planteé de que cosas no debía hablar.
Excluí el recorrido por el BOE, de todas formas y en mi caso corto y poco ameno, como secretario judicial en Aliaga (Teruel) y Alcañices en Zamora, nombramiento como Abogado Fiscal, ascenso y toma de posesión.
También rechacé la idea de hacer una exposición publica de errores y de pedir perdón a quienes podía haber ofendido. Generalmente los ofendidos no suelen acudir a estas comidas.
Nunca he creído que jubilación venga de jubilo y tampoco siento una especial alegría. Quizá el sentimiento que mejor expresa mi ánimo es el de curiosidad por lo desconocido.
Geraldine Chaplin confesaba en una entrevista tener miedo a que te olviden para siempre, a que no te llamen nunca más y el Arte dice ella es una droga, una verdadera intoxicación, con un complicado síndrome de abstinencia.
Pensé que lo mismo podía ser el trabajo, no es por la fama, ni por nada que se parezca. Es por la excitación de trabajar, despertar cada mañana con un objetivo e intentar alcanzarlo.
Por eso los malos artistas y quizás también los malos fiscales no queremos dejar de trabajar; cuando trabajas te sientes libre y que todo tu organismo funciona, aún cuando en este trabajo es difícil acertar y más aún lo es saber el resultado y el bien que hayas podido hacer.
Pensé que a todos nos conmueve hablar del lugar en donde crecimos, en donde hemos vivido siempre o que por avatares de la vida tuvimos que abandonar, luchando con la nostalgia…
Es lógico que nos interroguemos; es una forma de saber que estamos con los otros, que vivimos en los otros. Es una especie de red tejida por la necesidad de reafirmación y afecto.
Os he necesitado, quizás antes de conoceros, y creo que os necesitaré siempre. Debe ser verdad aquello de Ortega, «El yo y mis circunstancias».
Una compañera me dijo hace poco ”echarás de menos tu trabajo” y contesté rápido: el trabajo no, pero os echaré de menos a vosotros.
Y probablemente sienta como Geraldine el miedo de no sentiros cerca.
Por ello lo mejor es que os diga públicamente los sentimientos de estos 42 años sevillanos, porque sin vosotros no encuentro nada que merezca la pena y nada hubiera sido igual.
Esta historia la hemos escrito juntos desde el día 7 de abril de 1962; soís mi maravillosa circunstancia.
Gracias a todos. Pero hay unas personas que tienen una parte importante en esta historia…
Poco podía imaginar aquella mañana, cuando en autobús de la empresa Luansa enfilamos María Luz y yo la Ruta de La Plata, cuyos únicos tramos transitables eran los que permanecían de los planes de Trajano; los baches de Almendralejo y los bordillos de Santa Olalla del Cala, permanecen en mi memoria como una pesadilla.
Así fue desde el principio, desde el 22 de noviembre de 1953, María Luz estuvo presente en un proyecto que ni siquiera entonces se había iniciado y cuya suerte era bastante incierta. Ella ha estado a lo largo de estos años siempre al lado y compartiendo lo bueno y lo malo. Somos por tanto compañeros sentimentales, yo creo que viene de compartir sentimientos y no para librar combates de boxeo.
Ignorábamos que aquello era el comienzo de una larga y permanente, gracias a Dios, historia de amor con Sevilla y con los sevillanos.
Alojados en una pensión sita en la azotea de la calle Álvarez Quintero, recibimos el primer susto en el escaparate de El Siglo Sevillano: un nazareno de tamaño sobrenatural blandía su cirio.
Al día siguiente ocurrieron muchas cosas en Sevilla, de tal calibre que mi llegada naturalmente pasó inadvertida.
Por la mañana en el Teatro San Fernando pronunciaba el pregón de Semana Santa Sebastian García Díaz. De haberle escuchado hubiera sabido que Sevilla no necesita adjetivos, es Sevilla, sin más.
Por la tarde y en el Cortijo Gómez Cardeña, moría Don Juan Belmonte, que allí riñó su última pelea con la vida.
En el Villamarín y por gentileza de José de Juan y Cabezas Magistrado Juez de Instrucción Numero Dos, (del que luego hablaré) asistí al choque copero Betis-Sevilla, 1-0 para el Betis, y allí conocí a un personaje insigne, mi querido tocayo, admirable compañero y magistrado de talento Alfredo Gastalver; nada más llegar, al tiempo que me daba un abrazo, me entregaba su reloj, la cartera y las llaves de su casa y ante mi asombro, me confesó su beticismo y su exaltación ante cada lance del juego y que le hacía poner a buen recaudo sus pertenencias.
En el Llorens anunciaban Los Diez Mandamientos.
Al día siguiente y Chicarreros abajo, me dirigí a la Real Audiencia. La presidía Don Gines Parra muy devoto del traje negro y que había ordenado que cuando un magistrado cruzara el zaguán de acceso a los patios anunciaran a voz en grito “Ilustrísimo Sr. Magistrado” seguido del nombre del interesado.
Tal protocolo no fue del agrado de todos y al frente de los rebeldes se encontraba Ángel Martín del Burgo, de tan preclara inteligencia como probada humildad.
Me vais a dejar que al llegar a la segunda planta del edificio haga mención completa de aquel grupo extraordinario de fiscales que fueron, son y serán mis maestros y mis amigos del alma.
Al frente de ellos Guillermo Blanco Vargas, Teniente Mariano Monzón de Aragón, Jaime Ollero, Jesús Silva, Pepe Aparicio, Pepe Aranda y nos incorporamos Eladio Escusol y el que os habla.
Bastaría que recordaraís los puestos que han desempeñado a lo largo de su carrera y sería el mejor elogio.
En una pequeña mesa, que hoy casi se pierde en el vestíbulo de la planta segunda, donde descansan togas en espera de los letrados, se aposentaba un grupo de juristas excepcionales, tan amantes de su profesión y de la Justicia como ayunos de medios.
Una estrecha puerta nos separaba de la secretaria, espacio mínimo auténtico camarote de los Hermanos Marx, y allí: Antonio Castaño, Lolita Conde, Dolores Amillategui, María Borrego, Pepe López y Santiago, el ujier para quien el fiscal del TS era un tío que te llamaba por teléfono desde Madrid y a la palabra Madrid le añadía un especial tono despectivo.
El equipo lo completaban los entonces fiscales municipales: Pérez Jiménez, Corredera, Aguilar, González Calvo, Manolo Campos, Paco Bravo, Donato Gago, sufridos e itinerantes fiscales, por esos partidos judiciales no precisamente de Dios.
En el introito de su toma de posesión el neófito debía visitar a todos los miembros de la Sala de Gobierno en sus domicilios: José María Pérez Sánchez y Ricardo Sanz de la Sala de lo Civil, Miguel Cruz Cuenca presidía la Sala de lo Contencioso, (años más tarde moría víctima de la barbarie terrorista), Don José Ortega presidía la Audiencia Provincial y te recibían él y su esposa en una habitación del Hotel Roma de la calle Mendez Nuñez. Don José era sordo como una tapia y qué les voy a decir de aquella tertulia.
Mariano Monzón y José de Juan y Cabezas fueron los padrinos de mi juramento y toma de posesión. Pepe de Juan, modelo de juez, modelo de hombre bueno y fiel reflejo de esos charros que tan buenos embajadores de Salamanca han sido.
Después de juramentado conocería al querido Antonio Escribano, presidente de la Segunda y a Luis Giménez, de la Tercera, el único lord ingles nacido en la provincia de Córdoba, exquisito de lenguaje y que inmortalizó aquella sentencia del «artefacto mecánico, léase tractor, que se proyectó sobre un complejo lanar, léase rebaño».
Si los españoles de la década de los 50 sabíamos de memoria la alineación del Atlético de Bilbao, los fiscales sevillanos conocimos aquel equipo de Jueces de Primera Instancia e Instrucción de Almirante Apodaca: Cámara, De Juan, Illescas, Álvarez Abundancia, Vázquez Sanz y Navarrete, sustituido poco después por el queridísimo Pedro Márquez.
Los Jueces municipales Manuel Espina, Esquivias Torres, Rómulo, Olivares y Méndez.
Tuve la inmensa suerte de que me encargaran el Juzgado número Tres y aprender los entresijos de la instrucción de la mano de Pepe Illescas, Antonio Muñoz Quiroga y Pepe Álvarez de Toledo.
Secretarios como Pepe Estevez, bético ilustre. Desde sus balcones de San Juan de la Palma aprecié por primera vez la belleza de la Virgen de la Amargura, Luciano Corujo, Don Emilio Oppelt, Don Pedro Ordoñez y tantos otros.
Funcionarios como Portillo, Soto, Tenorio, Ricardito, Pérez, Torres, Almagro y un largo etcétera que cerrara aquel personaje irrepetible que fue Ángel Revaliente, “peritus peritorum”.
Pude formarme en dos aulas complementarias, centros del saber: la Bodega Cepejón, donde Aurelio Álvarez Josué y Enrique Iturriaga y Aravaca impartían lecciones de derecho y de buen humor, y la no menos conocida trastienda de Mantequerías Leonesas en calle Tetuan. Allí José Ramón Cisneros, José María Cruz, Antonio G. Moreno, José de Juan y el querido Tomás del Castillo reñían duras partidas de dominó y otras batallas.
Por la galería alta de la Audiencia tronaba el procurador Don Gonzalo Álvarez de Toledo, querellante insigne, o recorrían Puente y Pellón a toda prisa los eficaces Gutiérrez de Rueda, Miguel Conradi, Candil, Juan López de Lemus… Yo diría de Juan que felizmente reinante se anticipó a la discriminación positiva, nutriendo de procuradoras Salas y Juzgados.
Dos tertulias vespertinas impartían doctrina y cortaban trajes a medida: primero la entreplanta del desaparecido Britz en calle Tetuan y luego Fillol en la Avenida.
Aprendías de los Abogados, desde Don Adolfo Cuellar, primer decano al que tuve el honor de conocer, al querido José María Domenech, que imploraba clemencia para el equivocado fiscal y le encomendaba a la Virgen del Rocío, mientras los parientes del acusado asentían emocionados.
Hasta la ironía irrepetible de Don Alfonso de Cossío, Paco Capote con ese dedo acusador y que dejó su vida en estrados, Pepín Moreno Suárez, Manolo Rojo y su imponente batería de cuartillas, no siempre leídas en su integridad, José Ángel García y José Joaquín Gallardo.
Permitidme que centre en una persona el cariño que os tengo a los Letrados sevillanos: en mi muy querido y cuya ausencia me entristece Enrique Pérez Perera: el flamenco más cabal, tieso y derecho como un mimbre, ”primo te fuiste sin avisar”…
A la vista de que la estancia en Sevilla iba en serio, nos alojamos en el Hotel Venecia en mayo de 1963; todavía estaban abiertos los Almacenes del Duque, la minúscula puerta de lo que con el tiempo serían otros almacenes; el autobús de la línea dos venía de Macarena y seguía por O’Donell hasta la Magdalena; el Patio Andaluz ofrecía flamenco “made in Spain” y los coches de caballos esperaban a los turistas.
En Sevilla seguían ocurriendo cosas: la corrida de Benitez Cubero, los cinco pinchazos entrando a recibir al toro de Samuel Flores de mi paisano Santiago El Viti, la tarde de Curro con los Urquijo o la del 12 de octubre cuando dijo adiós Manolo Vázquez toreando de frente al natural, mientras se escuchaba Nerva.
En la calle Palos de Moguer se celebraban unos festivales, donde un muchacho de La Isla, por seguiriyas, rompía la noche y su camisa: Dios te guarde, Camarón.
Llovía a diluvio la mañana en que se iba a coronar la Macarena y tardó siete días en volver a casa.
El canal Sevilla-Bonanza era un hecho. En la carretera de la Algaba triunfaba La Esmeralda y en Alcalá del Río “el Porrito” tenía cola para las angulas y un gobernador civil, judicial por más señas, amanecía en Utrera escuchando a Bernarda y a Fernanda.
El juicio de la Vaquita, siete muertos en la noche de Joaquín Costa, sombras de la Alameda y un forense, Eloy Parra, explicaba la mejor tesis de el trastorno mental transitorio y Bernardo Botello informaba durante tres horas ante la Sección Segunda; y el crimen de la niña de La Oliva, “chapeau” para Manuel Iniesta Juez Instructor; y la muerte del marqués de Valencina; y unos policías jóvenes que le robaban horas al sueño y tu podías ir tranquilo con aquellos atestados: Aulet, Vidal, Soria, Corbacho y la atenta mirada de José Gámez.
O años mas tarde con los civiles del Seprona días y días en el fango de Aznalcóllar y la Policía Local rompiendo mi anonimato y guardándome en las Tres Mil.
Queridos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad: cuanto os admiro y cuanto he aprendido a vuestro lado.
La Audiencia deja el hermoso Palacio de la Plaza de San Francisco y nos vamos al Prado de San Sebastian. Adiós a Los Corales, a la esquina de la barra, inasequible para nuestras economías: paño blanco inmaculado de Emilio Guerrero para cubrir los mariscos de Huelva y de la Isla al runrun de la calle Sagasta, “los millones”.
Mientras todas estas cosas ocurrían, todas ellas influían en este fiscal y lo moldeaban y se afanaba más en que la figura del fiscal mereciera el respeto y el cariño de los ciudadanos.
Pero lo más grande que me había ocurrido empezaba a dar sus frutos.
Para nadie es un secreto que soy una persona creyente y que intento llevar mi Fe como buenamente puedo; pero no siempre ha sido así y cuando las cosas van bien pensamos que es mérito nuestro y volvemos la espalda a la Fe. Así hacía este fiscal que por los primeros años se consideraba suficiente. Y fue en Sevilla donde encontré a un Dios cercano, indulgente y poderoso y al tiempo alejado de esa visión tenebrosa de infierno y eternidad. Un Dios que se sienta a comer a la mesa con la familia y que hay que cambiarle la túnica cuando llegan los primeros calores y lo he encontrado en una cofradía sevillana: cofradías desconocidas, a veces denostadas, cofradía de barrio y alegre y comprometida. Gracias Manolo Román, Presidente del Consejo de Cofradías. Gracias Mateo González Gago, Hermano Mayor de San Gonzalo, por el mejor regalo que he recibido.
Ya comprenderéis que he sido un hombre muy afortunado y, siempre que me desmandaba, Dios me puso al lado dos hijos, vigilantes implacables, educados en lo que pensamos que son los valores de esta tierra; siempre al quite de tus fallos y de tus soledades; la familia ha aumentado, con dos hijas, porque hijas son, sevillanas y dos nietos con la luz de Huelva en sus ojos. En ellos se ha hecho carne viva el fandango “¡ay si supiera la gente estos ratos cuanto valen!”.
He dejado para el final a mi otra familia, a mis queridos compañeros de la Fiscalía, a mis entrañables colaboradores de la secretaría. Antes he recordado los inicios y ahora quiero prolongar lo que es el final.
Cuantas flores habéis colgado en mi percha que no son mías, cuantos elogios que debían haber sido compartidos, cuanto se debe al callado trabajo de todos y cada uno de los setenta fiscales que sirven a Sevilla y a toda su provincia.
Ellos no pueden saber cuanto cariño hay detrás de cada exigencia, cuanto deseo de que ocupen el sitio que les pertenece. Queridos compañeros: habéis sido generosos con vuestro saber y elegantes ante mis excesos; quiero pensar que no todo ha sido respeto o temor, sino cariño correspondido.
Un último consejo: es bueno ocuparse de lo cotidiano, es indispensable recabar mayor atención de toda índole, pero sin olvidar que a todos y a cada uno de los que a nosotros se acerca, por su sola condición de personas, les debemos el disfrute real de sus derechos; que no hemos sido llamados a buscar el brillo de nuestro saber, sino a buscar la Justicia en el correcto entendimiento de la Ley.
Queridos colaboradores de la secretaría: me hubiera gustado fichar con vosotros la hora de llegada y no quiero dejar constancia de la hora de salida; como dijo el poeta “tenemos que hablar de muchas cosas, compañeros del alma, compañeros”.
Ahora siento el miedo de esa primera desnudez, despojado de ese ropaje brillante que ya habéis visto a cuantos se debe. Tengo que salir de lo que sólo ha sido una parte de mi vida. Pero quedan muchas cosas por hacer. Sabed que para mí y para los míos ha sido Sevilla y habéis sido vosotros lo más importante.
Gracias, muchas gracias y seguiremos juntos.

“Como Fiscal, nunca quedas satisfecho” Entrevista

La Toga. En principio, darle la enhorabuena por tantos años al frente de la Fiscalía.

Alfredo Flores Pérez.- Sí, Casi veinte años que no son pocos.

¿Récord insuperable?

Insuperable o no, lo cierto y verdad es que durante esos casi veinte años he tenido la suerte de poder desempeñar un trabajo que me gusta. Un trabajo de jefatura que me ha posibilitado organizar desde mi impronta la Fiscalía, respetando los principios que la rigen. Así por ejemplo, la sección de protección de derechos del Ministerio Fiscal, el tema de Menores, de Violencia de genero, de Extranjeros… Por el contrario, he tenido que renunciar a algo que también me gusta y mucho, asistir a los juicios. En general, creo que, más que en términos cuantitativos en términos cualitativos, se ha hecho un buen trabajo.

Entonces, ¿veinte años satisfactorios?

La verdad es que sí. Recuerdo que aún cuando siempre nos parecía que había algo que todavía no estaba rematado, todas las inspecciones de la Fiscalía General del Estado que tuvimos en esos veinte años fueron satisfactorias. Les gustaba cómo estaba organizada la Fiscalía de Sevilla.

¿Cuál ha sido el mayor fallo, si lo ha habido, y el mayor logro que ha tenido?

En lo nuestro hablar de fallos y logros es complicado. En términos globales de lo que estoy más satisfecho es de cómo ha funcionado un equipo de setenta personas, ocupándose de una serie de objetivos que hasta entonces eran un poco novedosos, como que un fiscal visitara una residencia de ancianos o visitara zonas deprimidas de la ciudad para ver cómo estaba el tema de los Derechos Fundamentales. Personalmente, lo que más me ha satisfecho, y como ha coincidido con el final de mi trayectoria además lo tengo muy en el corazón, es la respuesta de la ciudad al tema de la marginación en el Polígono Sur: comprobar como todo un Consejo de Cofradías (hace unos días ha aparecido la noticia en los medios) va a prestar atención a toxicómanos, a las familias y a las personas de edad.

Frente a las satisfacciones te encuentras con muchas frustraciones, pero de muchas de ellas ni te enteras. Quizás la aplicación, en muchas ocasiones, de la Ley del menor o el siempre complicado tema penitenciario.

Durante su mandato ha tenido asuntos muy notorios y complejos.

Complejos muchísimos, notorios muchos menos. Complejos y notorios, alguno que otro. Recuerdo que el caso Arny planteó problemas. Por ejemplo, fue de las primeras veces que se aplicó la Ley de Protección de Testigos, para mantener el anonimato. Creo que el Tribunal la interpretó mal.

El caso del Duque de Feria fue muy importante porque tenía mucha repercusión en la ciudad. Era un caso muy conflictivo y delicado dada la personalidad y los protagonistas de ese hecho, y fue un juicio muy interesante con una buena intervención de la fiscal.

Cuando se llega a juicio se han superado antes muchos debates, como por ejemplo si pedir una pena mayor o menor. En todo caso, evidentemente estamos sometidos a la crítica, lo que es bueno.

También ha habido otros casos muy complicados pero que no han llegado a la prensa, como los de grandes organizaciones del mundo de las drogas o robos de vehículos de lujo, etc…

Y ¿ha recibido algún tipo de presión en el desempeño de su cargo?

Poquísimas por no decir casi ninguna. Recuerdo una vez, hace mucho tiempo, que desde el Gobierno Civil se quiso prohibir una manifestación de Comisiones Obreras. Por el Ministerio Público se argumentó ante la Sala de lo Contencioso-Administrativo que no existían razones para su prohibición. Posteriormente, recibí la llamada del Gobernador Civil, de la era “post-1975”, que me dijo: «Pues oye, cuando un Tribunal Popular te fusile, yo estaré de Embajador en no sé donde». Ni me fusiló ningún Tribunal Popular ni él llegó a embajador. Simplemente porque en la Sala se determinó que no había ningún motivo para prohibir la manifestación. En todo caso, desde la lejanía hay que entender también al político. El político también tendría sus razones.

Quizás el caso más sonado de todos fue el caso Guerra, si bien la presión fue mediática que no política. Gocé de plena libertad para acertar o equivocarme.

Entrando en temas más “metafísicos”. En este mismo número de La Toga se publica un interesante y crítico estudio sobre el Juicio de Nuremberg, ¿cree usted que la Justicia siempre es igual para todos?

No. El principio de que “todos somos iguales ante la ley” es tan sencillo como alejado de la realidad. La Justicia Internacional nos está demostrando que la interferencia de la política es de tal calibre que… ¡Qué duda cabe que los crímenes del nazismo fueron terribles! Pero el Tribunal de Nuremberg no resiste la más leve crítica como proceso penal. Mire usted, primero se aplica la legislación a hechos anteriores. Segundo, el Tribunal es elegido por los vencedores y además el fiscal militar era un general americano.

La justicia, como tal justicia penal, siempre se va a resentir del oportunismo político y de que parece que es una Justicia no para todos los países. De momento, los Estados Unidos ya planteó la excepción de que a sus militares no se les juzgaba por nadie fuera de los Estados Unidos.

Pues la OTAN (la otra parte del conflicto en la antigua Yugoslavia) está juzgando a Milosevic…

Y ahora el Tribunal Penal para Irak, que quieren crear y que no está nada claro. Y ya nos hemos olvidado hasta de Sadam Hussein, que sigue allí preso.

¿Cómo cree que debería acabar ese tema? ¿En el TPI de la Haya?

No. Yo creo que si de verdad nos creyéramos que Irak está caminando hacia un estado democrático, sería muy bueno para la comunidad internacional que a Sadam se le juzgara y condenara por un tribunal iraquí. Sería un ejercicio de salud democrática y de esperanza, porque la realidad iraquí está muy alejada de ese posible juicio que a mí me gustaría.

Volviendo a nuestro entorno más cercano y sin olvidar “la metafísica”, desde su experiencia, ¿hasta qué punto puede primar el incumplimiento de los plazos procesales en detrimento del derecho fundamental a un proceso sin dilaciones indebidas?

La lentitud de la Justicia es un hecho. Yo creo que el Poder Judicial tiene que arbitrar sus propios medios de control. El Consejo General del Poder Judicial tiene medios suficientes para determinar dónde hay que trabajar más y dónde no es posible trabajar más y recordar mucho aquello de que con una estadística la mentira se convierte en verdad. Todos sabemos que hay un asunto en el que te llevas meses trabajando con él, y luego hay un volumen enorme de asuntos que se genera diariamente, unas quinientas denuncias diarias. Entonces la pregunta es ¿son compatibles las garantías, los plazos procesales, con una Justicia rápida? Yo creo que hoy por hoy, sí. Lo que hay es que redistribuir los efectivos. Con los Juicios Rápidos los Juzgados de Instrucción están un poquito asfixiados, porque aparte de atender a la instrucción de otros procedimientos tienen que celebrar esos Juicios Rápidos. Los Juzgados Penales están mal. La Sala de lo Contencioso tiene mucho atraso. Sin embargo, la Sala de lo Social se está poniendo al día y padecía un atraso endémico, cuando podría haber hoy más conflictividad laboral que hace cinco o seis años.

La verdad es que no entiendo que se esté diciendo constantemente que hay que fortalecer la Fiscalía, que el fiscal debe instruir, que el fiscal esté encima… y luego se crean plazas con una desproporción enorme: siempre hay muchas más plazas de jueces.

Los juzgados de la provincia, en cuanto a personal están llenos de interinos. El problema creo que está no sólo en los medios de que disponen los tribunales, sino en un ejercicio serio de autocontrol tanto en los órganos judiciales como en las Fiscalías. No puede ser que una Fiscalía con un determinado volumen de trabajo esté al día y una con un menor volumen padezca atasco. Por lo tanto, la conclusión es que están mal distribuidos los efectivos.

Centrándonos ahora en el Ministerio Fiscal y sin olvidar su contrastada experiencia ¿No cree paradójico que nuestra Constitución atribuya al Ministerio Fiscal, un órgano institucionalmente dependiente del Gobierno, la misión de velar por la independencia de los tribunales?

No hay ningún gobierno democrático en el mundo, y hablo con conocimiento de causa, que no tenga una participación muy importante en la designación del Fiscal del Estado, de la República… ¿Por qué? Porque la Constitución le da al Gobierno esa capacidad dentro de la política interior del Estado. Dentro de esa política está la política criminal, que puede hacer el Gobierno.

Así como el Gobierno tiene esa facultad, el Fiscal General del Estado tiene dos principios que son magníficos. El primero la legalidad: mire usted Señor Presidente del Gobierno, usted quiere perseguir la Violencia de Género, pero la Ley que ahora tenemos no lo permite. Cambie la Ley, porque yo me someto a la legalidad. Y el segundo es la imparcialidad, es decir, que el fiscal aporte todos aquellos datos que a él le consten que existen.

¿Y qué pasa si no obedece el Fiscal General del Estado al Presidente del Gobierno? Pues muy sencillo, el Gobierno lo puede cesar. Amigo, pero eso tiene un coste político. Pero igual que lo nombra lo puede cesar.

Otra cuestión que me parece también muy importante. Nosotros mismos manteníamos que tienen que existir relaciones entre el Gobierno y el Fiscal del Estado, pero con dos condiciones. Una: que haya una constancia documental. Otra: que el Fiscal General del Estado es el que tiene la facultad de decidir, pero que escuchando a sus órganos asesores, que son los Fiscales de Sala y el Consejo Fiscal. Con esas dos condiciones, respetando los principios y reconociendo que el Gobierno diseña la política, lo que no podemos es ceñirnos a órdenes concretas. Lo que el Gobierno puede dar son órdenes generales, como por ejemplo impulsar la lucha contra la droga.

En este número se publica también un interesantísimo artículo de su compañero Antonio Ocaña, sobre el papel que deben desempeñar los fiscales en la instrucción de las causas penales. Le pregunto: ¿Deben ser los fiscales los futuros jueces de instrucción?

Jueces no, fiscales investigadores con mando real sobre la policía judicial, sí. Como el modelo portugués. El fiscal avisa a la policía, no puede afectar derechos fundamentales, o sea el fiscal no puede decretar una presión, ni una intervención telefónica, ni una entrada en un domicilio… acude al juez y le dice: necesito tener acceso a tal domicilio. Pero la prueba se la llevan a él. Mire usted, estas son las pruebas que tengo. Y el juez le dice: pues vale o no vale. Este sistema yo creo que es el mejor de los posibles.

¿Cómo deja el cargo, en qué situación?

Muy normal. Realmente, el día del cese por jubilación, que fue el pasado 15 de septiembre, fue un día normal y corriente en la Fiscalía. Al día siguiente todo siguió con su inercia. Cada uno le da su impronta al cargo y el que venga probablemente verá las cosas de otra forma. Pero yo creo que la estructura del edificio difícilmente cambiará, porque en ello hemos luchado durante mucho tiempo las asociaciones de fiscales.

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