Seleccionar página

Hotel Borges

Hotel Borges

hotel-borges-novedad-bibliografica-revista-latoga-193

El lector suele encontrar el título de una novela al principio y eso ya le sugiere el perfil, le da una idea de lo que puede esperar. Saber el nombre de algo brinda mucha confianza. Y pasa con todo. Pongamos como ejemplo el universo. Se viene llamando la Creación, nombre que le otorga solidez y voluntad de existir. Sin embargo, si a esa misma cosa la llamáramos Quimera o Experimento número Uno, ya no nos parecería tan firme y no digamos nosotros mismos, que estamos dentro. Por eso preferimos llamarlo Creación y que el Creador haga su trabajo. Es un ejemplo de cuánto ayuda tener nombre.

Al contrario que otras novelas que he escrito, ésta tuvo la cortesía de traer el título casi desde el principio. A muy pocas páginas del comienzo, me di cuenta de que estaba jugando con la arquitectura de un relato policial. Me gustó la idea de cuestionar un género tan definido como éste y eso me recordó que Borges los dinamitaba desde dentro. Así que, como parte de la diversión, le di el nombre que ya han visto. Digamos que hallé una sutil semejanza y la realcé. Eso me permitía rendirle testimonio de  admiración.

Por supuesto, sin imitar a nadie. La obligación de todo escritor es ser otro. Pero el mejor antídoto contra cualquier intento de imitación lo había inoculado el propio Borges, que nunca escribió una novela. El prefería el cuento porque, decía, “es un género más antiguo y quizás pueda vivir más allá de la novela”.

Como digo, son dos formas de narración tan distintas que no cabe el trasvase. En el cuento, el mago hace aparecer de la chistera algo que estaba oculto y nos permite ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad que hasta ahora no habíamos visto, en el corazón mismo de lo inmediato.

Dicho de otro modo. El cuento abre tantas posibilidades, que corre el riesgo de querer contarlo todo. La novela, en cambio, por muchas páginas que ocupe, padece una aspiración más humilde, o empobrecedora, como temía Borges. Le basta (y no es poco) con retratar al protagonista. Siempre tendrá un matiz psicológico. Aquí el suceso no importa tanto como el personaje a quien le ocurre.

A Borges, sospecho que no le interesan demasiado los protagonistas. Le interesa él mismo (lo cual ya es bastante) y le importa sobre todo el lector. Busca el efecto, el truco, la sorpresa, y de cada personaje sólo extrae la característica que necesita su historia, ya sea la memoria en Funes el memorioso, la necesidad de venganza en el cuento de Emma Zunz, el sentido del deber en El jardín de senderos que se bifurcan, la valentía en Hombre de la esquina rosada, etc.

En cambio, el personaje novelesco necesita tener alma y eso sólo ocurre si el libro se comporta con él como el mundo hace con nosotros. Tiene que ponerlo a prueba y someterlo a las mismas contradicciones y conflictos que cada día confirman nuestra existencia. Para lograrlo, al novelista le viene bien armarse de paciencia, porque su misión es levantar un mundo paralelo donde todo pueda ocurrir.

En mi  historia, se plantea la posibilidad de que haya un doble, esa figura de pesadilla, un alter ego que sale del espejo donde te estabas mirando y se mueve delante de ti para escándalo de tu cordura. La pregunta es: ¿Hasta qué punto puedo convertirme en otro? ¿En qué consiste la identidad? ¿Qué nos separa, aparte de la piel? Es general la sensación de que somos intercambiables, si no, no existiría la envidia. Todos jugamos en el mismo tablero y la posición de cada uno sólo depende del Destino, por llamarlo de un modo laico, que hoy día los laicos están muy susceptibles.

En cuanto a la trama de esta novela, es sencilla. No sé si saben que existe un hotel Borges en Lisboa, y es una maravilla, según me han contado, pero el mío es un edificio más humilde. Lo construí con mis propias manos: un hotel de poca monta y con un cartel polvoriento que situé en Madrid, en la carretera de La Coruña.

Allí, un cadáver desaparece por su propia voluntad y sin que nadie se lo pida. Pertenece a un periodista que, cuando dejó la profesión por motivos violentos, fue cuando mejor trabajaba. Hasta ese día no había alcanzado grandes metas laborales, aunque, eso sí, llevó una vida interesante.

Ante su desaparición, un viejo amigo suyo de Sevilla viaja hasta Madrid para averiguar qué le ha ocurrido. Pero enseguida comprende que es a él a quien va a pasarle casi de todo. Encuentra héroes a su pesar y culpables con conciencia, asesinos convertidos en víctimas, guardaespaldas tan eficaces que no cumplen su misión, vengadores sin vocación, justicieros sin moral, maridos engañados que perdonan demasiado tarde, la leyenda de Tristán Veracruz, el escritor que no me hubiera molestado ser, y Hugo Orlando, el mecenas que yo hubiera querido tener.

Lo divertido era realizar toda esta apertura al infinito sin la menor congestión, con el fraseo más cristalino, logrando que el lector no se perdiera en ningún momento.

Que todo resulte de lo más normal. Aunque parezca al revés. La muerte se comporta como un personaje más, un cadáver huye, un escritor esquiva a sus lectores, existe un arrepentimiento que, más allá del cristiano, tiende a hacerse borgiano porque quiere desandar el pasado.

Siempre he dicho que la página en blanco no es inocente. Tal vez pueda parecerlo si no te fijas mucho, pero en cuanto la miras un poco, empieza a llenarse de preguntas y tú tratarás de responderlas o por lo menos enfrentarte a su misterio, entrar a cuerpo desnudo y pelear con el dragón. No importa quién venza, sino la libertad que te otorga el desafío. Más tarde aparece el lector y lo que encuentra es el campo de batalla que ha quedado al final, los restos. Nunca tocará al autor. Ya puedo decirlo, queridos lectores: entre nosotros, solo puede haber ficción.

El protagonista de la novela, si es un investigador honesto, lo que de verdad perseguirá es el rastro de sus propias culpas. Mientras, en algún lugar, el asesino se entrega a su redención. Porque en este hotel, nadie es lo que dice ser. El amor es una matemática imaginaria; el crimen, una teología dramatizada.

El arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de personas al ofrecerles una imagen privilegiada de sufrimientos y alegrías comunes. De modo que todos son bienvenidos a este Hotel. Espero que disfruten de su estancia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Colaborar en LTD

Colaborar en LTD

Si quieres escribir un artículo en nuestra revista, envíanos un mail y si es de interés para el colectivo, lo publicaremos.

Suscríbete a nuestro
Newsletter

Recibe el mejor resumen de contenidos.
Artículos, información legal, actualidad, formación y mucho más.
Compromiso de contenidos de primer nivel.

El Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla tratará los dato que nos facilite con el fin de enviarme información exclusiva relacionada de La Toga Digital. Tiene derecho a acceder a sus datos, rectificarlos y suprimirlos, así como a otros derechos. Más información en nuestra política de privacidad