Hermenegildo Gutiérrez de Rueda, querido maestro

Es para nosotros un honor poder dedicar estas palabras al que tantos años fuera nuestro querido maestro Hermenegildo Gutiérrez de Rueda, en su sevillanísimo despacho de la calle Francos, (un poco también nuestro). Era básicamente un hombre bueno, conocedor y amante del derecho, brillante orador, pero sobre todo dotado de una simpatía personal y un don de gentes difíciles de explicar.

Jamás tuvo un problema con un compañero ni con un cliente, y mucho menos con un juez o magistrado, a los que respetaba con antigua solemnidad. Aquel viejo despacho de tanta solera, en el que siempre hizo sus escritos a mano con la pluma Sheaffer, alternaba su alta función jurídica con su faceta de pasillo de comedias costumbrista, y así era fácil encontrar personajes dignos de una obra de los Álvarez Quintero, pues en su patio coincidían clientes de muy distinta condición: era fácil ver a importantes empresarios de la ciudad en animada charla con canónigos de la catedral, hosteleros de las cercanías y todo tipo de gente y condición. Al llegar los veranos el patio porticado de mármol, (que en primavera se llenaba de decenas de macetas de todo tipo en

flor que eran la admiración de los turistas), se cerraba con la colocación de las velas en la azotea, lo que hacía que en el mismo se viviera un microclima ajeno al de la calurosa calle, y que en muchas ocasiones llevaba al secretario a tener que despertar al cliente que esperaba su turno, pues a media tarde, con el fresquito y la penumbra, se había dormido.

Era un hombre muy desprendido, siendo innumerables las ocasiones en las que a gente diversa, más o menos necesitada, no les cobraba. Pero si existe una faceta por encima de todas las demás, era la de su increíble capacidad para arreglar y negociar la mayor parte de los asuntos; hasta el punto de que los pasantes nos quejábamos de que todo se arreglara, pues no teníamos un mal pleito que echarnos a la toga.

Sevillista acérrimo, cofrade significado de sus devociones del señor de Pasión y el de la Buena Muerte, tuvo también su momento político, habiendo desempeñado con pleno éxito la labor de Teniente de Alcalde delegado de Tráfico de la ciudad.

Su afición por la feria de abril era proverbial, recibiendo generosamente en su caseta de “los abstemios” (irónico y contradictorio nombre de su invención),  a compañeros y amigos, siempre elegantemente vestido para la ocasión.  Hombre jovial y ocurrente, de una educación exquisita y un trato muy cercano y directo, que en las tardes complicadas en las que había dedicado horas a atender los múltiples asuntos que se le habían planteado, cuando ya avanzada la hora abandonaba el despacho, manifestaba entre risas, sabiendo que no había generado ningún emolumento, que había sido “una buena tarde de las tres P”. (pobres, parientes y ………)

Todos los que tuvimos la suerte de conocerlo agradecemos su presencia compartida, la sabiduría del mismo recibida, (aunque su capacidad de negociación era personal e intransferible), y nos alegramos dentro de la pena, de que su vida fuera larga, feliz, próspera y dedicada a una familia buena, a la que adoraba. Descansa en paz.

Jose Manuel Laguarda García, Rafael Doñoro Blancas y  Fernando Fernández Luna

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