Estampas sevillanas: Los inocentes en el extranjero, de Mark Twain

A mí este libro me pilló por sorpresa y me alegró un verano. En alguna edición española se llama “Un yanqui por Europa camino de Tierra Santa”. Lo más atractivo del libro era el propio narrador, un tipo franco, auténtico como la tierra, algo bocazas, masculino y alegremente ingenuo. Quizás personificaba como nadie la salud de Norteamérica cuando aquel país era joven. Me parecía estar leyendo a un Tom Sawyer que se hubiera hecho adulto. ¿Y qué otra cosa es Mark Twain?

Los inocentes en el extranjero es el primer libro donde Samuel Clemens nos da a “Mark Twain” en plenitud. Una voz que suena única, inconfundible. Pero ese hallazgo que el periodista había ido tallando a lo largo de sus aventuras por el Oeste, iba a resultar altamente inestable. Clemens sólo lograría aislarlo del resto de su producción durante unos años, porque luego se fue diluyendo en su propia personalidad, cohibido por el espíritu de la época y de su círculo más íntimo, donde se menospreciaba a los humoristas.

Pero entonces todo estaba empezando. Era 1867. Mark Twain tenía 31 años y había ganado fama nacional con el cuento “La célebre rana saltarina del Condado de Calaveras”. Seguía siendo un periodista del “Alta” de San Francisco y este periódico lo embarcó en un viaje que le llevaría desde Nueva York a Tierra Santa, para que redactara artículos, como ya hizo en Hawai. Era la primera travesía de placer que se organizaba en un trasatlántico y durante cuatro meses visitaría las Azores, Gibraltar, Tánger, París, Italia, Atenas, Estambul, Sebastopol, Yalta, Palestina y Egipto. Concluía con una semana en Andalucía a la vuelta.

El viaje era caro y sólo podían permitírselo personas devotas de mediana edad y sacerdotes, todos acomodados. Mark Twain recordaría al pasaje como “el rebaño más detestable, el más inculto, ignorante, ordinario y cantante de salmos que pudo reunirse en 17 estados”. El espíritu de la excursión lo describió como “funeral sin cadáver”. Aun así, había algunos jóvenes y pudo hacer amistad con algunas personas que no se escandalizaban de sus costumbres. Era desaliñado, mal hablado, desplegaba tal imaginación al maldecir que, en el Oeste, sus amigos le escondían cosas para desternillarse oyéndolo despotricar. Además fumaba sin parar, hasta en la cama, aunque como él decía, nunca más de un cigarro a la vez. Pero trabajaba mucho Durante el periplo escribió 53 cartas al Alta y media docena al Tribune de Nueva York. Un amigo de a bordo lo recordaba “siempre escribiendo. Pero gozaba hasta el último minuto del viaje”.

Tuvo ocasión de ver a Napoleón III en París y de conocer al Zar de Rusia en Yalta. En esa ceremonia lo designaron para escribir un discurso de saludo al Zar, lo que dio lugar a más de una broma a su costa durante el resto del viaje. En el libro no cuenta un suceso que ocurrió en Damasco, cuando algunos hombres decidieron realizar en camello el camino hasta Jerusalén. Un pasajero enfermó de cólera y sus compañeros decidieron continuar sin él. Mark Twain protestó contra semejante abandono y se quedó con el enfermo hasta que pudo volver a montar. El diácono que contó esto al cabo de los años, escribió: “Era el peor de los hombres que yo he conocido. Y también el mejor.”

Tenía su propio criterio y no le importaba demostrarlo. Cuando supo los precios de alquiler de las barcas en el Mar de Galilea, comentó: “No me extraña que Jesús caminara sobre las aguas”. Y al ver la desolación de los campos de Galilea anunció: “No habrá segundo Adviento. Habiendo estado Cristo aquí una vez, no deseará volver más”. A partir de Egipto estaba exhausto de trabajar y durante el regreso dejó de enviar artículos. Sin embargo, de su paso por Andalucía, a la que llama el jardín de la vieja España, comentó: Nunca me he despedido de una tierra con más pesar.

De vuelta en Nueva York, una editorial de ventas por suscripción le propuso escribir un libro de 500 páginas sobre el viaje, en 6 meses. Le ofrecían el 5 % de los ingresos brutos. La venta por suscripción colocaba libros en manos de gente que jamás iba a una librería. Un ejército de agentes recogía los pedidos de puerta en puerta, entre comerciantes, empleados y granjeros. De modo que el libro se colocaba entre la Biblia, biografías compiladas, diccionarios, libros de consulta o manuales de medicina. En semejante compañía, la novela de Twain constituía un placer casi prohibido, “Una brisa de primavera en medio de un desierto literario”, lo calificó Bret Harte.

En dos años se habían vendido 100.000 ejemplares y hasta la fecha es el libro norteamericano de viajes más famoso. A partir de aquí llegó la prosperidad de Mark Twain, sus famosas conferencias, sus novelas Tom Sawyer, Huckleberry Finn…

Escribirlo no fue fácil. Twain ni siquiera guardaba las cartas que había escrito a los periódicos y le pidió a su madre que se las enviara por correo. También recabó de sus compañeros de viaje datos e información que no recordaba. Para transformar aquellos artículos ocurrentes en un libro aceptable para el americano medio tuvo que pulir su escepticismo. Y elaborar pasajes de continuidad, además de componer nuevos artículos sobre Egipto y París. Pero sobre todo trató de darle una forma, un sentido de la composición. Hizo el relato más subjetivo para destacar la figura del narrador. Es la primera vez que el público tenía ante sí a “Mark Twain” de cuerpo entero. El libro sugiere al americano medio cómo vería él mismo Europa con sus propios ojos, en lugar de con los de otros. Uno se pregunta qué hará o dirá Twain en Roma o en las pirámides. Por supuesto nada es como le habían anunciado, ni los barberos de Sevilla, ni los caballos árabes, ni un emperador, ni el circo romano, ni Tierra Santa. El autor es víctima de su propia ingenuidad. De ahí el título.

Se pinta a sí mismo como el inocente honesto que está listo para convertirse en el escéptico, el demócrata iconoclasta y, en el peor de los casos, el ignorante. Su buen humor le permite mantener la aprobación del lector y la lectura nunca pierde su carácter de juego, siendo el estilo su mejor arma, como la descripción de una matanza romana tal como la habrían redactado los periódicos de San Francisco.

Su manuscrito lo revisó Bret Harte. También le ayudó una chica a la que había conocido de vuelta en América. Durante la travesía un joven pasajero le había mostrado el retrato de su hermana y él recordaba que se enamoró de esa imagen en el mismo camarote, aunque esa es otra historia. La Autobiografía que escribió al final de su vida cuenta todos los detalles del cortejo y la boda en unos capítulos deliciosos. Ella corregiría todos sus libros a partir de entonces y, según el propio Twain, su trabajo más duro fue editarlo a él.

Francisco Manuel Granado Castro

Author: Francisco Manuel Granado Castro

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