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El hurto de libros ¿Circunstancia atenuante o eximente de la responsabilidad?

Con inusitada frecuencia en declaraciones de escritores y de otros personajes del mundo de la cultura, en la prensa diaria, o en la televisión y ahora hasta en internet, vengo observando que todas cuantas manifestaciones se hacen en relación con el tema de la lectura vienen a coincidir en que los españoles no leen, que en España no se lee, y a propósito de ello quiero hacer unas consideraciones, quizá, incluso rectificando mi propio criterio en este sentido, porque yo también me he alineado hasta ahora con la opinión más común. Las reflexiones que aquí hago comienzan a desmarcarme de ese casi general modo de pensar, y en estos momentos os confieso que, al menos, ha nacido en mí la duda.

Hace pocos días me encontraba en una librería a la que suelo ir con frecuencia a dar un repaso a las novedades que se publican y también a charlar de literatura con el librero, hombre muy versado y con visos muy acusados de buen poeta, cuando sorpresivamente, dejándome con la palabra en la boca, emprendió veloz carrera hasta la puerta del establecimiento tras un joven que en ese momento abandonaba presuroso el lugar. Supuse, incontinenti, sin equivocarme, cual pudiera ser el motivo, y sin duda alguna acerté. De una mesa repleta de libros, colocada casi en la puerta del negocio, dentro de la librería, que no en la calle, como también a veces, en solemnidades en relación con el libro, viene siendo habitual, en cuya mesa el librero tiene por costumbre colocar las novedades, un joven que hojeaba, y también por lo que se ve ojeaba con malsanas intenciones algunos de tales ejemplares, apartó varios que parecían de su interés y cuando tuvo preparada la separata, en un abrir y cerrar de ojos, emprendió veloz carrera como un corredor de fondo en su mejor momento deportivo, con el objeto del delito bajo el brazo. Mi amigo el librero después de infructuoso maratón emprendido para cazar al caco de la cultura volvió al instante con síntomas de sofoco, sin haber podido atrapar al ladronzuelo literario. Yo, lo confieso tal como lo siento, sonreía de satisfacción, lo que hizo a mi amigo maldita la gracia, que amoscado y molesto no acertaba a entender el porqué de mi sonrisa ni el quid de mi satisfacción. Tuve que explicarle para calmarlo mi punto de vista. No lo entendió, y desde entonces le noto distante y frío, y me parece que ello ha deteriorado nuestras amistosas relaciones. Le hice ver la escasa cuantía del hurto, mi amigo decía que robo, yo le argüía que no había habido ni fuerza en las cosas ni violencia en las personas, él me contestaba que me dejara de leguleyerías, que en el lenguaje común eso era un robo descarado. Yo además, le argumentaba, aunque esta aseveración no tuviera mucha fuerza legal, que aunque se hubiera llevado tres o cuatro libros, siempre uno de ellos resultaba gratis, por aquello del 3×2, tres libros y pague usted dos, en definitiva un montante que no llegaba ni a 10 o 12 euros, una fruslería, una minucia, ni siquiera 2.000 pesetillas de aquellas antiguas y queridas pesetas que se nos marcharon para siempre, que vinieron como consecuencia de la Revolución de 1868, la que destronó a Isabel II, y que tenemos que agradecer a Don Laureano Figuerola, ministro de Hacienda del Gobierno Provisional, que firmó el Decreto el 19 de octubre de 1868. Nada, una insignificancia, le decía yo a mi amigo, para él y su negocio, que no para el presumiblemente culto delincuente, que iba a leer durante una buena parte de tiempo aquellos autores clásicos que le iban a prestar su saber y su cultura porque la mayor excelencia y la mejor cualidad de aquellos libros hurtados, como decía muy bien el maestro Rodríguez Marín “ es darnos como actual y del día de hoy aún lo pensado en remotísimos tiempos”, porque el cleptómano libresco, que a lo mejor era tal, había arramplado ni más ni menos que con el Platero, de Juan Ramón, Mazurca para dos muertos, de don Camilo, El camino, de Delibes, y había completado el jolgorio literario con El viaje a Portugal de Saramago. Eso sí, en ediciones de bolsillo, baratas todas, pero tomen nota de los autores, tres de ellos premios Nobel, y Delibes, que no lo es, con tanto mérito o más para serlo que cualquiera de sus compañeros. Con tan lucida selección, no sólo había que perdonar al joven raterete sino proporcionarle alguna beca o alguna encomienda literaria. Mi amigo el librero nunca entendió estas disquisiciones que le hice con muy buen acuerdo. Por eso quiero que me perdonen y me disculpen mis amigos los libreros, que tengo muchos, y también mis lectores, porque no crean que hago apología del hurto de libros, aunque sí voy a reflexionar por ello sobre el tema, no para convencer, sino sólo para hacer algunas consideraciones, las mismas o parecidas que hice al cabreado e intransigente librero, que no he visto hace algún tiempo y por ello ignoro si me seguirá considerando entre sus amigos, que tal vez no, pero a quien hago la reflexión del viejo adagio latino: “ amicus verus albo corvo rarior esse solet “, el verdadero amigo es más raro que un cuervo blanco, y esto es tan verdad como que está avalado por la palabra del más profundo de los filósofos clásicos, Sócrates, quien contestaba al reproche que le hacían sus convecinos de que hubiera edificado para él una casa tan pequeña: “¡Ojalá pudiera llenarla de verdaderos amigos¡”. No viene al caso, pero más adelante tuve ocasión de comprobar que mi amigo el librero no era de este parecer ni tampoco de esta condición. Pero, sigamos a lo nuestro.

Cuando ya este artículo estaba en la urdidera leo en un periódico malagueño una noticia que me deja boquiabierto y “esparpitao”, también me deleita y al propio tiempo me sorprende por su iniciativa y novedad y que se me antoja tiene mucho que ver con el hurto de libros y con su despenalización en beneficio y en pro de la cultura. La noticia es al menos sorprendente. El Ayuntamiento de Benálmadena, lugar envidiado de la malagueña Costa del Sol, ha tomado el acuerdo de que a los jóvenes menores de 18 años, que es lo mismo que decir a los menores de edad, que resultaren deudores por multas de tráfico a la hacienda municipal, les conmutará la infracción dineraria si leen un libro de la biblioteca pública del Municipio. Este acuerdo resulta no ya sorprendente sino insólito e increíble según el abandono cultural que padecemos. Si esto se cumpliera en los estrictos términos en que se ha tomado el acuerdo por aquella Corporación – escoger un libro y a su devolución entregar un trabajo escrito que acredite lo leído a los responsables de la biblioteca municipal como garantía de cumplimiento – será un hito cultural que de hacerse extensivo a todos los municipios españoles aliviaría en buena parte el que se dice gran mal de nuestro país : la falta de lectura en nuestros jóvenes y como añadida consecuencia el que estos siguieran hurtando libros para satisfacer sus apetencias culturales. Se matarían dos pájaros de un solo tiro, porque en España no se lee, los españoles no leen, si nos atenemos a lo que dice la mayoría de los que saben de ello, no las encuestas que nunca aciertan. No hace falta por ello recurrir a estas para conocer esta amarga realidad, que alcanza no solo a los jóvenes sino también a los mayores. No se lee pero se hurtan libros. El mal, ahora me refiero al de no leer, que no al de hurtar, es profundo, procede de la escuela primero y de la Universidad después. En las escuelas de mi tiempo, eso hace ya bastante más de medio siglo, no solo se leía El Quijote sino que sufríamos por no leerlo o no saberlo leer, además de por enredar, escandalizar y holgazanear, en la clase. Mis dos primeros y únicos maestros de primeras letras así lo imponían; uno de ellos, don Manuel Pérez, nos castigaba arrinconados de rodillas cara a la pared con las manos alzadas y pulsando dos voluminosos ejemplares de dos libros inmortales – el Quijote y el Diccionario de la Real Academia Española– sostenidos en cada una de ellas, “ la letra con sangre entra “, antigua e inmemorial costumbre que se practicaba en las escuelas de primeras letras y que se ha mantenido hasta tiempos muy recientes, que muchos como yo habréis sufrido en vuestra niñez, que ya se recogía en La Biblia, algunos de cuyos pasajes relatan la utilidad de la vara, la virga romana, castigo de azotes en el arte de educar a los niños, que el gramático Marcial recogió, dedicado a un maestro de escuela, de que quedó memoria en nuestro refranero: “ Trece por docena, como azotes de escuela ,“ que nos hace recordar, sin duda, aquella sentencia de Pitágoras, el gran matemático griego : “ Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres .“ El otro maestro, más acertadamente, como excelente pedagogo que era, nos hacía leer diariamente en clase el inmortal libro de Cervantes, nos glosaba su lectura, explicándonos el caudal inmenso de conocimientos que el libro atesora, imponiendo la disciplina sin castigo, que él había definido en un opúsculo precioso que publicó con el título de Pedagogía sincera:“ el castigo es cruel, va contra los derechos humanos…sobre toda disciplina, no impuesta, sino por conocimiento, en aras de la libertad y del progreso: sin disciplina no habrá escuela, ni habrá buenos ciudadanos que puedan hacer uso de esa libertad”. Siempre agradeceré a don Arturo Caraballo que me mostrara el camino que aún sigo al cabo de los años. He de decir con marcado orgullo que este ilustre maestro de escuela era hermano de nuestro no menos ilustre y admirado y querido compañero, gran amigo, Paco Caraballo Fernández, letrado de este Colegio al que muchos de los que me lean recordarán con afecto. Bastaría, por consiguiente, siguiendo el discurso interrumpido, que conocieran los que deben hacerlo, los universitarios a la cabeza, que hay que leer, excusión hecha de los libros profesionales y técnicos de cada especialidad los de nuestra literatura clásica, desde Berceo a Cervantes, desde Cervantes a Cela, a Miró, Baroja o Delibes, de Rodríguez Marín a Menéndez y Pelayo, de Miranda Podadera a Lázaro Carreter, o a cualesquiera otros representantes de nuestra historia literaria, práctica, de otra parte, recomendada a los abogados en el capítulo sobre el Arte y la Abogacía de su inestimable libro el Alma de la toga por el gran Decano del Colegio de Madrid Ángel Ossorio: Hay que tener unos cuantos libros de novela, versos, historia, crónica, crítica, sociología y política….hay que estudiar, hay que leer…hay que hacerlo o resignarnos con el insulto de Ganivet… quien dijo que el abogado, por el hecho de serlo, es una bestia nociva para el Arte” Practiquemos con el ejemplo, leyendo, que no hurtando, como el ladroncete referido. Pongamos de actualidad lo que ya hace varios siglos se decía en la Epístola moral a Fabio : “ Un ángulo me basta entre mis lares, / un libro y un amigo; un sueño breve / que no perturben deudas ni pesares”. La lectura es la causa mediata del bien hablar, del buen decir y del bien escribir. La vieja máxima de un viejo sabio: “En todas partes busqué el reposo y nunca lo hallé sino en un rincón y con un libro “. Pero prosigamos para no perder el hilo.

El hurto en general es un delito que según nuestras leyes comete el que se apropia de lo ajeno, sólo a veces atenuado o eximido, exculpado totalmente, si se prueba un estado de necesidad grave al momento de la comisión del delito. Pensamos que esta doctrina como atenuante o como eximente debiera aplicarse al hurto de libros, cuando la extrema necesidad se acreditase ante la demostración cumplida por parte del infractor, sujeto activo del delito, de su voluntad de saber y de aprender lo útil y necesario, el sapere ad sobrietatem que San Pablo aconsejaba a los romanos. También traigo aquí a colación la conducta de otro joven de San Sebastián, noticia periodística de hace unos días, a quien sorprendieron y detuvieron cuando se llevaba de una librería una tanda de libros, o la de aquel otro joven británico, empleado en una granja de pavos de engorde, que nos daba a conocer la televisión, condenado a quince meses de cárcel por la comisión de un delito continuado de hurto durante treinta años consecutivos que le permitieron reunir una biblioteca compuesta de 52.000 volúmenes, -decía la noticia tal vez con un punto de exageración- porque ambas conductas delictivas nos deberían llamar a un punto común de reflexión: el de que tal vez deberían modificarse los actuales Códigos penales, despenalizando estas conductas, amparadas en el estado de necesidad, que como circunstancias atenuantes o eximentes, hicieran desaparecer o al menos atenuar este tipo penal de hurtos de libros. No se rasguen sus vestiduras ni los representantes de la justicia ni los libreros, si consideran que vivimos una época en que los libros valen mucho, son caros, carísimos, que se despenaliza el aborto, que conductas penales muy típicas en el campo de la droga se consideran atenuadas por el legislador, que la práctica de la violencia en el deporte está a la orden del día, que la juventud se aficiona a la yerba y al cubata y practica la música heavy. Todo ello parece significar que delitos de este tipo, los de hurto de libros, merecen más alabanza que condena y como los que leen son muy pocos, más bien tales conductas deberían ser tenidas como un homenaje a las letras y a la cultura, al saber, al irrenunciable derecho de instruirse, y no estimarlos punibles como un delito, y si fuere tal y se castiga debería serle aplicada cuando menos una atenuante muy cualificada o la eximente del estado de necesidad, porque necesidad y hambre de cultura y de saber tienen presumiblemente quienes inciden en la práctica de este tipo penal. Claro, quiero advertir que no pido este trato para el inglés de la granja de pavos de engorde que llegó a reunir aquella inmensidad de volúmenes, porque este taimado y atrevido sinvergüenza puso en el dintel de entrada de su nutrida biblioteca un letrero que decía así: Biblioteca de libros prestados, y bajo éste otro que decía No se prestan libros.

Sea ello lo que fuere, vuelvo a repetir, que nadie piense que estoy haciendo apología de esta delincuencia ni tampoco que me estoy preparando una atenuante o una eximente para aumentar mi biblioteca a números desorbitados. De cualquier modo el hurto de libros es una práctica antigua y tuvo como protagonistas a muy conspicuos personajes de la cultura española, que no me consta que fueran castigados por ello ni malquistos en la opinión de sus conciudadanos, aunque su apego y ejercicio a este libresco latrocinio corriera como tal en la voz del pueblo. En Campanario, pueblo extremeño, famoso también por su excelente embutido, el exquisito chorizo de cerdo, nació en 1776 el ilustre bibliófilo Bartolomé José Gallardo, conocido no sólo por ello sino por ser un gran afanador de libros ajenos, léase si se desea ladrón de buenos libros, que recurría, según sus contemporáneos, a toda clase de tretas, artimañas y raterías para hacerse con los libros de su interés, consumando un auténtico latrocinio cultural. Pío Baroja decía de él que era el José María el Tempranillo de las bibliotecas y de la letra impresa española. Estébanez Calderón, nuestro costumbrista autor de las Escenas andaluzas, precioso libro, conocido como el Solitario, compuso contra él este ocurrente y mordaz soneto que recoge Ramón Carnicer en su libro Viaje por Extremadura, cuando visita el lugar del nacimiento de Gallardo :

“Caco, cuco, faquín, bibliopirata,

tenaza de los libros, chuzo, púa,

de papeles, aparte lo ganzúa.

hurón, carcoma, polilleja, rata.

Uñilargo, garduño, garrapata,

para sacar los libros, cabria, grúa.

Árgel de bibliotecas, gran falúa,

armada en corso, haciendo cal y cata,

empapas un archivo en la bragueta,

un Simancas te cabe en el bolsillo,

te pones por corbata una maleta,

juegas del dos, del cinco y por tresillo,

y al fin te beberás como una sopa,

llenas de libros, África y Europa.”

Don Francisco Orchell y Ferrer, insigne orientalista, catedrático de hebreo en los Reales Sitios de San Isidro, en Madrid, una cincuentena de años después del nacimiento de Gallardo, practicaba también tan ladronesco deporte, sujetándolo, eso sí, a unas reglas de estricta observancia que él mismo se había impuesto, y que dio a conocer como Reglas para hurtar libros. De ellas dio cuenta a su discípulo García Blanco, insigne hebraísta también, paisano nuestro, como nacido en Osuna, la hermosa ciudad sevillana, y autor de un libro memorable, de muy largo título que resumo en aquél por el que usualmente es conocido, Memorias de un siglo, donde se cuenta tan descarado quebrantamiento del sétimo precepto del Decálogo. Estas son las susodichas reglas: “1ª. Que el libro no esté venal en las librerias; porque si lo estuviere, yo debo rascarme el bolsillo y comprarlo. 2ª. Que quien lo posea no sea capaz de vendérmelo, ni aún de prestármelo. En otro caso, debo comprarlo o pedirlo. 3ª. Que la posesión del tal libro me sea útil, por tratar éste de mis estudios predilectos. 4ª. Que quien lo posee no pueda o no quiera utilizarlo y no saque de él más partido del que sacan los eunucos de las esclavas del serrallo. 5ª. Que haya ocasión propicia para hurtar tan conocido libro. Porque habiéndola y concurriendo las otras cuatro circunstancias, ¡ es probado ¡. O el libro llega a ser mío o perderé el buen nombre que tengo”. Y refiere Rodríguez Marín, colegiado y compañero nuestro también en las listas de nuestro Colegio, insigne exégeta del Quijote, quien recoge la anécdota oída de propios labios de García Blanco, en su libro Burla burlando, y dice que añadía el empecatado sabio: “ Cosa nullius me parece el tal libro y procuro ser su primer ocupante “.

En el orden moral se debería imponer la absolución de tan curiosos y particulares personajes y si de mí dependiera yo pronunciaría con Rodríguez Marín la fórmula eclesiástica tradicional de la absolución: Ego te absolvo a peccatis tuis. En el orden jurídicopenal dictaría sin que me remordiera la conciencia ni me temblara la pluma una sentencia absolutoria con todos los pronunciamientos favorables, por la aplicación de la eximente de estado de necesidad de saber y de cultura, porque el libro, lo decía ya San Pablo, y lo aconsejaba a los romanos enseña sapere ad sobrietatem.

Y nuestro reconocimiento y beneplácito a la Corporación municipal de Benalmádena que acuerda y legisla moderna y sabiamente para sus vecinos y para que no ocurra lo que aquí se relata, aplicando no el sentido anticuado e intimidativo de la pena sino el moderno y educacional. Es muy posible que sin propósito firme de ello haya puesto la primera piedra para la despenalización del hurto de libros y para la educación de la juventud por la vía de las multas de tráfico.

Y para todos aquellos jueces que se vienen pronunciando en sus sentencias con este o parecido criterio, porque están sentando las bases de un nuevo orden penal, muy lejos ya de aquél en que ellos mismos no solo tenían participación en las penas pecuniarias que imponían sino absoluta libertad para imponerlas, con evidente abuso del derecho y de la libertad de las personas, tanto la pena legal ordinaria, dejada por el legislador a su libre arbitrio y voluntad, como también para denegar a su caprichoso antojo el eficaz remedio de la apelación. Gracias a Dios que hoy están afortunadamente periclitadas aquellas prácticas en la aplicación del moderno Derecho penal.

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