Corta y Pega

Pasaron felizmente aquellos años. La secretaria (normalmente era mujer, y lo sigue siendo) aporreaba la Lexicon o la Lettera con una fuerza que chocaba con la delicadeza de sus finos dedos, culminados por largas uñas lacadas con primor. El ruido del incesante tecleo no molestaba demasiado, era asumido como normal e incluso imprescindible en cualquier notaría, bufete u oficina judicial. El silencio de la máquina de escribir o la del timbre del teléfono era síntoma de ausencia de clientela, por lo que, al contrario, cuando teléfono y máquina de escribir “echaban humo”, era señal de negocio y prosperidad. Luego vinieron las eléctricas, cuyas teclas sólo había que rozar con las yemas de los dedos, reflejando en una pantallita hasta un renglón entero de lo escrito.

Era frecuente que, con esta tecnología, se pergeñara una demanda, con sus cuatro copias en papel cebolla y sus cuatro calcos de tinta negra o morada, que indefectiblemente te manchaban al manipularlos, -¿Existen aún el papel cebolla y el calco?-. Toda una odisea. Cuando demanda o contrato se habían concluido se advertía un error, una omisión o algún cambio, que obligaba a repetir el trabajo (vuelta al papel cebolla y al calco). Si era un documento para firmar por el o los clientes, se les llamaba para que volvieran al despacho… Una locura, pero era lo que había. Nadie se sentía desdichado por ello.

Un día quedé con un compañero para negociar los términos de una transacción. Me invitó a su despacho, y se sentó delante de una pantalla y un teclado de ella separado. Comenzó a escribir. Sobre el negro del monitor fluían unas letras de color verde. Si se escribía mal una palabra, esta era corregida por este ingenio; si se olvidaba una frase, ésta era insertada en el sitio deseado. Me quedé flipado, como ahora se dice, que es tanto como gratamente impresionado, como entusiasmado, creo. Inmediatamente recabé del compañero información sobre el artefacto, para raudo ir a comprarlo. Se llamaba Amstrad o algo así. Nada parecido a los ordenadores de hoy, pero entonces fue la revolución en mi despacho. Con el aditamento de una modesta impresora, aquello era coser y cantar.

Ya ha pasado tiempo. Hoy y ahora se utiliza el corta y pega. Esto ha dado lugar a demandas mastodónticas, infumables, de hasta ciento treinta folios. Una novela, vamos. Los Tribunales no van a la zaga. Las sentencias cada vez se parecen más unas a otras con el corta y pega. Son de serie. Me han contado, sin que yo pueda certificar su veracidad, que un Juez, en la audiencia previa de un Procedimiento Ordinario, le dijo al Letrado de la parte actora:

-Mire: Ni por ensueño estoy dispuesto a leerme sus ciento cincuenta folios de demanda, referente por otra parte a la célebre cláusula suelo en las hipotecas. Tampoco voy a leer la contestación a la demanda, de ciento diez folios-, dijo dirigiéndose a la parte demandada-. Quiero un resumen-.

Ya no tienes que emplear horas en la Biblioteca buscando en el Aranzadi jurisprudencia aplicable al caso. Internet te la facilita y tú cortas y pegas.

El corta y pega da lugar, sin embargo, en muchos casos, a errores de aurora boreal: confusiones con los nombres, fechas y datos que no debieron ser cortados ni pegados. Esto da lugar a rectificaciones que conllevan retrasos que no compensan. Un ejemplo: el llamado recurso de aclaración, cada vez más utilizado.

Siempre pensé que el cerebro humano es insustituible. Y seguiré pensando que el Abogado debe huir del corta y pega, como antaño de los formularios. En ambos, el errar es más fácil que el acertar, porque ningún asunto es igual a otro.

Enrique Álvarez Martin

Author: Enrique Álvarez Martin

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