10 razones para leer papeles póstumos del Club Pickwick

1. ¿Qué puede tener de interesante una historia escrita por un muchacho de veinticuatro años que apenas decía haber leído las historias de Sancho Panza, Las 1001 noches y The Pilgrim Progress? Trabajaba de corresponsal para algún periódico y aún no había reunido dinero para casarse. Su padre fue un manirroto que sólo le enseñó canciones de tabernas, su madre no creía que pudiera ganarse la vida escribiendo. Nunca pudo soñar siquiera con estudiar, no digamos ir a Oxford o Cambridge. Su infancia estuvo llena de tristezas y sustos. La primera vez que se publicó un artículo suyo en un periódico buscó la soledad de unos pasillos judiciales donde ejercía de corresponsal para llorar. Un año después le encargaban que escribiera unos asuntos deportivos que irían ilustrados por un caricaturista de moda, un tal Seymour. El Pickwick nacía por encargo. ¿Hay algo menos esperanzador?

2. Si bastaron veinticuatro años para que un muchacho se convirtiera, de repente, nada menos que en esa figura que llamamos Dickens, qué infiernos y paraísos habrán conocido esos veinticuatro años, qué densos se tornan sus días, un torbellino de risas y lágrimas, qué lóbregas la noches. Se ofrece como un espectáculo atisbar esa ventura. Uno se acerca a su primera obra buscando en los retratos y ambientes toda esa experiencia acumulada, los mundos que propiciaron su órdago al destino.

3. Decía Borges que el éxito es una forma de incomprensión. Nada hay menos fiable que calibrar una novela por el número de lectores. Pero con Dickens uno siente que la mayoría no se equivoca, consuelo democrático donde los haya, y agradece sumarse, una gota más, en el tumultuoso océano de sus degustadores. Una mayoría silenciosa, hoy más callada que nunca, temerosa de ser pillada en falta. Con cuánta pompa se pasean los que han leído el Ulysses hasta el final (los que lo han logrado), pero quienes se lo pasaron pipa con Pickwick guardan el libro en su bolsillo antes de que alguien descubra esa tierna debilidad de su corazón. Sin embargo, qué sería de la época victoriana sin Dickens, y sin su faro inaugural, la señera del pueblo inglés. Y eso que los orígenes del Pickwick fueron insignificantes. Se publicaba por entregas mensuales de veinticuatro páginas, acompañados de dibujos. Al principio se imprimían cuatrocientos ejemplares, pero para la decimoquinta entrega ya se vendían cuarenta mil y cuando concluyó, al cabo de año y medio, se comercializaban objetos y prendas con el nombre de sus personajes.

4. América también sucumbió al Pickwick y se esperaban sus entregas en los muelles de Nueva York. En pleno delirio, un anciano que se hallaba en los trances entre la vida y la muerte, aún dijo: “Bueno, pase lo que pase, mañana saldrá el Picwick”. El Secretario del Tribunal Supremo, en un alarde de sinceridad, declaró: “Cambiaría todo lo que soy por el honor de haber escrito el Pickwick”.

5. Bendita época en que no había televisores ni radio. Por las noches la gente se acurrucaba en torno al fuego del hogar y algún lector con buena voz leía para la concurrencia los capítulos, en las fondas y en las casas.

6. Dickens de verdad creía en la Navidad, que prácticamente inventó como hoy la conocemos para Inglaterra. Y en varios capítulos de estos Papeles comienza a forjar su visión Qué placentero es leer a alguien que cree sin titubeos, sin dudas ni pudor, en la magia navideña.

7. Siempre he pensado que el humor inglés sólo es un préstamo que hizo Cervantes a los isleños del norte. Y nadie ha sabido importar la ironía Cervantina y su gusto por las andanzas variopintas (usando personajes bien trazados) como Dickens.

8. No era un erudito. Sólo necesitó imaginación y entusiasmo. Tal vez Pickwick es la demostración literaria de que el alma existe, de que el conocimiento y la técnica no son los que crean la literatura, sino que hay algo más, una luz interior que se cuela entre los renglones esperando que el lector la sienta. Algo que se comunica del otro lado del libro a este y nos bendice.

9. Ni siquiera Chesterton, el gran adalid dickensiano, cree que los Papeles Póstumos sean una novela en realidad. Sólo la califica como una gran obra. Quién puede decirlo. Si nos preguntan, no sabemos explicar qué es una novela. En todo caso, tal vez la felicidad no cabe en un molde, ni logremos nunca meter la vida misma en cintura. Todos hemos aprendido alguna vez que la mejor manera de equivocarnos es hacer un plan.

10. Ya escribió Salustio que los hombres se quejan en vano de que la vida es demasiado corta. Tiene muchos días y muchísimas horas y sólo la haraganería y el apoltronamiento les hace desperdiciar el tiempo. Reconozcámoslo: la vida es muy larga, las tardes pueden no acabarse nunca. El ojo, cansado de estar despierto durante horas, busca amigos. Dale una satisfacción a tus ojos, concédeles el placer de degustar una lectura ligera como el aire y fresca como el agua.

En realidad, estas palabras tratan de pedir disculpas por un hecho que sucedió cuando descubrí, de pura suerte, este libro: Pickwick me hizo feliz.

Francisco Manuel Granado Castro

Author: Francisco Manuel Granado Castro

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